El olor a café recién molido para mí es el recuerdo de La Mexicana, y por ende, de mi padre. El aroma en Conde de Peñalver, entrar y ver siempre a la misma señora y al mismo señor, éste con bata blanca. Mi padre pidiendo, mezcla suave, aunque hubo alguna variación en el tiempo, pero siempre molido fino. Los granos de café en la bolsa, de la bolsa al molinillo, y del molinillo a la bolsa. Bolsas rojas y negras. Siempre me llamaba la atención que las abrían y luego, al depositar el café ya molido, las volvían a cerrar y eso era lo que te entregaban. Creo que mi pensamiento de niño no acababa de concebir que abriesen el producto antes de vendértelo. Yo observaba todo el proceso y lo guardaba en mi corazón.
Con el tiempo aprendí a pedirlo, y a veces iba yo solo. Recuerdo que una vez me equivoqué, y pedí otro tipo, y mi padre me dijo que antes solía tomar ese café y que había estado bien la variación. Se mantuvo al menos durante una época.
Alguna vez soñaba con que, algún día, sería yo el que compraría el café allí para mí mismo, aunque esto fue ya más tarde, porque en realidad mi gusto por esta bebida floreció tardíamente, como si lo hubiese tenido que madurar con cariño.
Esa esquina de Conde de Peñalver es para mí el olor a café recién molido.
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