Una ración de navajas, limpias, sin arena, y con esa salsa inimitable, presentada en plato blanco alargado, con la cesta de pan a su vera, cortado y listo para mojar, y con aquellos picos anisados escondidos en la profundidad del canasto, que sólo los expertos conocen y degustan en la espera, en la antesala de los bivalvos.
Solamente podría superarse esto en un lugar con miras a una ría baja, o quizá en el fin de la tierra tras haber acabado una o varias jornadas antes el Camino de Santiago, pero siempre con Fernando.
Nunca pensé que una botella de Albariño me emocionase tanto, hasta el punto de humedecerse los ojos, regodeados en la morriña, palabra que, por cierto, viene al dedo para este momento.
Bueno, piensa que aunque estuvieras aquí, llevarías 3 meses igualmente sin poder vivirlo...
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