19 de mayo de 2020

Mi reino por un Albariño

Mi reino por un Albariño, servido por Fernando, con su inmaculada chaqueta blanca de marinero, el paño blanco en su antebrazo izquierdo listo para cubrir la cubeta llena de hielo y agua fría, la tez afeitada de manera impecable, la simpática y honesta seriedad profesional y la mirada atendiendo al detalle, siempre pendiente de todo lo que sucede puertas adentro y, a ser posible, del momento en el que colocar una ración de cualquier producto fresco y gallego.
Una ración de navajas, limpias, sin arena, y con esa salsa inimitable, presentada en plato blanco alargado, con la cesta de pan a su vera, cortado y listo para mojar, y con aquellos picos anisados escondidos en la profundidad del canasto, que sólo los expertos conocen y degustan en la espera, en la antesala de los bivalvos.
Solamente podría superarse esto en un lugar con miras a una ría baja, o quizá en el fin de la tierra tras haber acabado una o varias jornadas antes el Camino de Santiago, pero siempre con Fernando.

Nunca pensé que una botella de Albariño me emocionase tanto, hasta el punto de humedecerse los ojos, regodeados en la morriña, palabra que, por cierto, viene al dedo para este momento.










1 comentario:

  1. Bueno, piensa que aunque estuvieras aquí, llevarías 3 meses igualmente sin poder vivirlo...
    ;)

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