8 de agosto de 2020

La vida siendo una gaviota

Normalmente, me despiertan los graznidos de las otras gaviotas. No sé por qué se excitan tanto, el sol sale cada mañana, pero para ellas parece que sea un gran acontecimiento. La verdad es que, desde tan alto, las vistas del amanecer son espectaculares, pero aun así, sigo sin entender que te pongas a dar gritos tan pronto por la mañana. El primer vuelo del día cuesta un poco, porque quieras que no, las alas se quedan entumecidas, así que lo mejor es esperar a una buena corriente que lo facilite todo. Cuando llega la oportunidad, salto al vacío y me dejo caer unos metros, viendo las olas romper contra las rocas, hasta que remonto el vuelo y doy un par de vueltas al borde del acantilado para entrar en calor.

A mis abuelos les parecía de mal gusto y desagradable, pero suelo ir a desayunar a la salida del restaurante humano con la M grande y amarilla. Normalmente, sin mucho esfuerzo, consigues suficientes patatas, y algún día incluso trozos de carne o de revuelto de huevos. Somos un grupo de seis o siete habituales, y normalmente tenemos para todos y no nos peleamos, aunque yo agacho la cabeza e intento impresionar a los jóvenes que vienen cerca.

El resto de la mañana me gusta pasarlo en el rompeolas. Se está tranquilo, puedes ver las barcas y es entretenido porque hay bastante movimiento humano. De vez en cuando uno de los pequeños te persigue, pero al menos sirve para hacer ejercicio. Mi cosa favorita es ver a los pescadores, me evocan tiempos pasados de mis ancestros cuando tenían que ganare el sustento en el mar y atrapaban varios peces cada día. Yo, con suerte, les robo algo del cebo que llevan en la cesta si se despistan.

A la hora de comer me bajo a la playa. Siempre encuentras algo entre las algas, sobre todo, si el océano estuvo movido la noche anterior. Un cangrejo despistado, una lombriz de mar, en realidad la cosa es entretenerse mientras charlas con los que pasan por allí. Cerca está el aparcamiento y el Café Pavilion, así que siempre puedes ir a subirte una farola y ver pasar los coches, acercarte a asustar a los humanos que van a comer a la orilla o unirte a las clases de canto del grupo que se junta a las dos.

La tarde es mi favorita. Primero me quedo meciéndome con las olas del mar cerca de la Middle Island, donde a veces veo a los perros Maremma asustando a mis compañeros. Siempre nos molestan a las gaviotas, pero nunca veo la misma actitud con los cormoranes, es lo que tiene la mala fama. Las olas del mar me tranquilizan y además suele venir a relajarse también la gaviota que me gusta. Un día de estos igual le hablo.
Cuando va a atardecer, solemos montar un buen lío. Nos juntamos casi todas las gaviotas de Warrnambool y hacemos un gran estruendo, graznando sin parar. Nos gusta que la gente se pare a mirar y hacemos competiciones de vuelo acrobático o de velocidad. Suele durar hasta que se pone el sol, justo al otro lado de donde salió por la mañana, y de un color azul intenso. No sé si os lo he contado, pero las gaviotas llamamos distinto a los colores.

La cena es la más variada, algunos días me gusta ir al Simon's, otros al lago Pertobe y otros a algún sitio del centro. Mi favorito es la parte de detrás del All Fresh donde venden marisco, aunque también me gusta el restaurante chino y sus empanadillas.

Así paso mis días de gaviota. Antes éramos más aventureras, viajábamos de una a otra parte del mundo buscando uno u otro clima, pescábamos peces grandes y nos temían cuervos y pingüinos. Ahora, al menos, nuestra vida es más relajada. Al fin y al cabo, sólo soy una gaviota.

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