Warrnambool es una ciudad en la costa sur de Australia, en la parte de la derecha. A mí me da la impresión de que está muy lejos de Melbourne, pero en realidad, si miras en el mapa, teniendo en cuenta toda la isla, está muy cerca. Es famosa por ser un lugar elegido por las ballenas para venir con sus crías en la temporada de invierno, aunque, desde que yo vivo aquí, no he visto ninguna, y según parece en los últimos años no se han dejado ver demasiado. Personalmente, también es el lugar donde hacen el vinagre de ruibarbo, que Australia descubrió hace ya algunos años y que compramos habitualmente tanto para consumo como para regalo.
Realmente el concepto de ciudad es difícil de creer cuando la visitas, o al menos, para una mentalidad europea como la mía. Prácticamente todas las casas son unifamiliares, o chalets como suelo llamarlas yo, casi siempre con su propio jardín, garaje y cobertizo incluidos. Me atrevería a decir que no he visto una vivienda que supere las dos alturas, ni siquiera en el centro. En esa zona tienen algunas casas que denominan como históricas. Históricas de los mil ochocientos. Cuando te alejas, y tampoco hay que hacer un gran esfuerzo, empiezas a ver las parcelas, con césped en la acera que cada dueño de casa se encarga de cuidar, pero exactamente hasta el milímetro de su propiedad, así que es habitual ver un mismo rectángulo de hierba recién segado y al que se le ha dado forma en los bordes, hasta que llega el cambio de casa, y entonces está larga y se sale hacia el cemento con ansias de conquista. Todo el mundo suele tener espacio para aparcar uno, dos, tres coches, pero también es habitual ver alguno aparcado en esa hierba, contrastando de nuevo con el cuidado que le dan unas y otras personas.
La casa en la que vivimos está cerca del río Hopkins, y también cerca de la playa, que aunque no estoy completamente seguro, creo que se llama The Flume. Recientemente arreglaron el acceso desde Point Ritchie, lo cual ha sido una tremenda mejoría en mi calidad de vida, puesto que así puedo acabar mis carreras semanales ahí y realizar mi ritual de meter los pies en el agua con varias ventajas; cercanía, comodidad de volver a calzarme y sinceramente, el trozo de playa es más bonito, salvaje y menos transitado. También puedes pasear entre la zona verde que hay antes de la playa, y si tienes suerte, puedes ver algún bonito pájaro, conejos que bien pudieran ser Avellano y Quinto o incluso un wallaby. Los carteles de la carretera hablan de equidnas, pero de momento, como las ballenas, está sin demostrar. El río también es atractivo para visitar, puedes ver barquitas y personalmente, me gusta cuando Pelayo el pelícano está de visita en el pequeño muelle. Un día le vi sentado encima de la farola que alumbra el embarcadero con tremenda sorpresa, aunque unos locales no parecían compartir mi fascinación de cómo un pájaro tan grande había aterrizado en ese pequeño espacio.
La vida es en cierto sentido más sencilla. Aunque realmente estaba pensando que esta frase me parece un poco tópico. ¿Qué es una vida más sencilla? ¿No tener que esperar al semáforo para cruzar una calle con otras diez personas impacientes? ¿Tener que saber dónde hacer el transbordo del metro y ponerte en la puerta que más cerca te deja de la salida? No sé qué es lo que hace una vida más sencilla o más complicada. Pero lo que quería contar, es que aquí puedo dar un paseo por la mañana, ir a comprar pescado, trabajar por la tarde, y parece que has hecho el día. Creo que parte de esto se basa en apreciar la naturaleza que me rodea, ir al mar y ver un rato las olas, descubrir una foca haciendo surf o una bandada de pájaros sobrevolando el horizonte.
Cosas que me gustan de Warrnambool.
El pan que traen desde Portland los jueves. Específicamente, el pan que hacen con dátiles y albaricoques. Un día tuvimos suerte y descubrimos este pan por casualidad, aunque luego por desgracia nos ha coincidido con dos semanas de vacaciones en las que no hemos podido comprarlo.
Los caminitos secretos que llevan hasta la costa y la vista desde el punto alto con la escultura de madera. Me gusta ir allí y sentir el viento del océano, quizá escuchando una canción de The National, o de Oasis, o de Frightened Rabbit.
La pescadería. Aunque todavía no he podido encontrar un sitio como lo que recuerdo del mercado de Torrijos cuando era pequeño, donde comprar el pescado según el día y el consejo del pescadero, aquí al menos me siento más a gusto y me gusta ir una vez a la semana.
Correr por «el paseo de los perros». Me pongo mi música y salgo a hacer cinco quilómetros para no forzar mi cartílago, y a ratos se ve el mar y busco ballenas a lo lejos.
Los paseos al oeste de la ciudad, con sus pasarelas o sus playas infinitas que asustan. Siempre hay un sitio precioso al que ir a caminar.
Las op-shops. Aunque desgraciadamente ahora están cerradas por el confinamiento, tienen varias tiendas donde descubrir tesoros. El primer día, aunque la selección de vinilos no era muy allá, pregunté que cuánto costaban, y me respondieron que veinte céntimos. ¡Tuve que coger otros tres para llegar al menos al dólar!
Los supermercados gigantes. Hay para elegir y siempre es divertido. En España me gustan también, pero aquí todavía tengo ese sentimiento de novedad, aunque supongo que cada vez menos. En alguna ocasión compro algún producto extraño, y varias veces he decidido que estuvo bien probar pero nunca más.
El árbol con los cepillos amarillos, naranjas y marrones de la casa de aquí cerca. Cuando puedo elegir, voy por esa calle para verlo, y toco la flor amarilla, y siempre me sorprendo.

Muy interesante
ResponderEliminarbeautiful and very enjoyable
ResponderEliminarBonitas descripciones de tu nuevo entorno
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