Llovió dos días seguidos. En la oscuridad de la noche parecía que llovía más, que el viento soplaba más fuerte. De día a ratos salía el sol, como si fuese una trampa invitando a salir a la calle, para atraparte allí con más fuerza. Llovió tanto que el río empezaba a desbordarse en algunos tramos. El océano, o bien se estaba sumando a la causa y embestía con fuerza, o simplemente se contagiaba de la borrachera de las nubes, pero asustaba tanto como embelesaba al mirarlo. Y el frío, el frío en las manos como desde hacía tiempo que no sentía. El frío que le acompañaba desde la mañana quizá, pero sobre todo en las manos.
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