Melbourne sale a las soleadas calles sobre las doce y media en busca de un trocito de hierba donde comer el emparedado, burrito o ensalada que han comprado. Muchos lo hacen solos, otros van en grupos de colegas de trabajo. También es mayoría la gente con tarjetas de la empresa colgadas al cuello. Siempre he pensado que nos convierte un poco en ganado. Por eso la llevo en el bolsillo del pantalón, aunque Espinosa me llame punky por ello.
Por la tarde me acerco al centro de la ciudad y hago algunas compras. Algún regalo fácil y otros que encuentro mientras busco las otras cosas. Veo una librería con todos los libros a siete dólares y entro. Tienen una estantería definida como «Classics», eso me gusta. Me compro dos de Kerouac y sigo mi camino. En realidad mi objetivo era comprar alguno de los compañeros de Jack, miembros de la generación beat, pero no tienen ninguno.
Camino por las calles y pulso el botón del semáforo en cada esquina. Quedo con Australia cuando sale del trabajo y tomamos unos dumplings que no le gustan en Chinatown. Volvemos a casa y cenamos y hablamos de mi abuelo Juan y las historias de su vida.


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