Me introduzco en un café de moda de Melbourne (¿aquí cual no lo es?). Es un día caluroso y las calles, como dijo Quique González años atrás, están desiertas, no hay nadie que se atreva a salir. Escribo frente a clásico vaso y botella de agua, lo primero que te trae el camarero en cuanto te sientas, y un ice-coffee con su bola de helado. Las paredes de ladrillo sucio, como con pintura mal quitada (pero a propósito), vigas descubiertas y delantales de los camareros dan un aire industrial. Por la mañana, tras los habituales ejercicios, cruzo el parque de Carlton hacia las oficinas, buscando las sombras de los gigantescos plátanos, magnolias, robles y eucaliptos. Ni rastro de possums a esta hora del día, sólo algunos pajaritos myna. Uno de ellos bebe de un minúsculo charco formado al borde de la carretera, donde ésta acaba y empieza el bordillo.
La oficinas del obispado no son plenamente satisfactorias. Una vez más, no consigo pasar de recepción, aunque me ponen al teléfono con la persona experta. El momento cumbre llega cuando ella me afirma que si no vivimos aquí ellos no pueden firmar nada, y que debe hacerlo España. ¿Cómo va a firmar España su certificado de bautismo si ni saben que se bautizó? Al final me dice que el «cura local» lo podrá hacer, pero esto sigue pareciéndome una huida. Ese momento es curioso, ya que los australianos son extremadamente educados y correctos, aunque lo que estén haciendo sea por ejemplo echarte de un lugar, pero yo ya estoy desquiciado y lo que dice no tiene ningún sentido.
A la salida, una familia de turistas observa el edificio del que salgo, que tiene un aire a Partenón, como tratando de discernir si es algo importante o relevante. Lo hacen también con el siguiente, la sinagoga, pero en seguida ven en la acera de enfrente el parque con la fuente-ducha, y se olvidan hasta de las reglas de circulación para cruzar la calle.
Me paseo por las calles y callejones, reservo mesa en un restaurante para la semana que viene y compro algunos regalos en una tienda de recuerdos de Melbourne. La señora que me atiende me habla de su visita a España, Sevilla, Madrid y Barcelona. Ella estuvo allí antes de las Olimpiadas y coincidimos en lo mucho que la ciudad habrá cambiado, y me cuenta que visitaba los jardines de Gaudí prácticamente sola.
Una delicia leerte, pero nos has dejado con la duda, solucionaste lo del obispado?
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