25 de enero de 2019

Líneas del viernes ardiente

Melbourne es un auténtico infierno, absolutamente desierto, con el asfalto cociendo a los pocos atrevidos que salen a los 45 grados de sensación térmica. Como si Nadal hubiese arrasado no sólo a Tsitsipas en las semifinales, si no también al resto de la población, de la ciudad. Los pájaros también se esconden como pueden bajo las sombras, y muchos tienen el pico completamente abierto y no se mueven del sitio aunque pases cerca.
Me refugio en un café donde pido una vez más un iced-coffee, con helado, y eggs benedict, que esta vez vienen sobre hashbrowns en vez de pan. Me acompañan todo tipo de solitarios que almuerzan, entretenidos con dispositivos, periódicos o llamadas.





Por la mañana visité con Australia la oficina de pasaportes, donde un muy amable epleado nos atendió para nuestra solicitud de certificados y apostillas de la Haya. En la ventanilla, en cada ventanilla, había un cartel en el que rogaban un buen comportamiento y aseguraban que hacían el mejor trabajo posible. Tras acabar todo el papeleo, en el que el único inconveniente fue compulsar mi pasaporte, lo cual pude hacer en una farmacia del mismo edificio, me preguntaba si había sido tan sencillo por los 349 dólares que habíamos pagado.

Paso el resto del día, tras la aventura y experiencia en la bici, bajo la protección del aire condicionado de casa. Por la tarde hay visita de un tío de Australia, que se pasan por casa y de paso la felicitan por su cumpleaños. Por la noche cenamos con toda la familia, y la grata sorpresa es que refresca, muy adecuado teniendo en cuenta que además cenamos curry. Cerramos la noche en casa de su hermana, yo tomo chocolate caliente y casi todo el resto té, mientras en la noche de Melbourne reluce el estadio de las carreras de caballos.


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