20 de enero de 2019

Kendall el mormón

Kendall pasaba los días paseando por las calles de Melbourne, sin destino fijo. Era mormón, y estaba haciendo un voluntariado que debía durar dos años y que le llevaría a distintos puntos de Australia para tratar de dar su mensaje a la gente. Pese a que era un joven respetuoso, como él mismo admitiría, en Australia la gente era amable pero poco religiosa, por lo que su divagar solía producirse entre noes.
Uno de esos días, Kendall empezó a hablar con un joven que leía en la hierba. Le preguntó qué conocía sobre los mormones y el joven respondía amablemente a sus preguntas. Le contó algunas de las cosas básicas, y que él lo había aprendido mientras estaba en Las Vegas. Kendall hablaba con seguridad y planteaba las cosas como si se las explicase a un niño, como haciendo entender que en realidad no era tan difícil de comprender y que aquello era la verdad. Pero, en el fondo, él también era una persona normal, y no esperaba que en esa conversación le hiciesen dudar tanto o le preguntasen cosas que le dejasen sin una respuesta fácil. Cuando quiso explicar que era muy conveniente que Dios hubiese enviado a otro profeta para mantener su mensaje, no se esperaba la respuesta de que esa labor ya la hacía la Iglesia que el mismo Jesús había fundado hace dos mil años. Y tampoco pudo dar una respuesta muy convincente a las preguntas sobre María u otras religiones con otros profetas. Para colmo, no consiguió que el joven se quedase en el libro del mormón que quería regalarle, aunque seguramente era comprensible que nadie quisiese cambiar su fe tras una conversación informal, aunque profunda, de apenas un cuarto de hora.

Quizá Kendall esté ahora en Tasmania, en otro parque, vestido con su camisa y corbata y su libro entre las manos. O quizá todavía esté por Melbourne pensando en volver con su familia a Utah o Tejas y contarles la historia del parque de Australia.

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