6 de octubre de 2019

Sídney, eléctrica, novedosa y repleta

Paseo por las calles de Sídney pero tengo la sensación de estar en Nueva York. No sólo paseando, también mientras estoy en el apartamento, cerca de la estación central, desde donde se siente el bullicio, y con una azotea a la vista en la que la cantidad de aparatos de aire acondicionado abruma hasta el punto que parece arte.
Quizá sea por el ajetreo de las calles, siempre llenas. Los edificios altos y las calles en las que no da el sol debido a su sombra. Los miles de asiáticos que pueblan las aceras y el centro de la ciudad. Seguramente, también lo gigante que me parece la metrópoli, aunque, a veces, pienso que hacen trampa, porque cruzas en un ferry bien lejos y sigue siendo Sídney. Cierto es también que utilizan los nombres de los barrios, igual que en Melbourne, y es lo que ponen en las cartas (obviando Sídney o Melbourne) o lo que dicen cuando explican a alguien dónde viven.


Sídney tiene esa especie de magia atractiva, ese postureo moderno por el que te sientes guay. Suena a tópico pero sientes la energía que tiene. Durante estos días he disfrutado mucho de los paseos en los que, caminando un rato, acabas por llegar a la masa de agua y puedes ver el puente Harbour Bridge o la ópera al fondo. Los desayunos en cafés más o menos hipsters. Las excursiones a un ratito del centro donde parece que hayas ido de Madrid al Mediterráneo.


El primer día tuvimos una agradable caminata por Darling Harbour hasta Barangaroo Reserve, donde han hecho un bonito paseo «costero» que me recordaba en cierta medida al High Line de Nueva York. Una de las cosas que me llamaban la atención es la cantidad de espacios con apariencia de muy nuevos y en los que parecen haber gastado mucho dinero para dejarlo bonito y práctico. Sídney parece haber aprovechado las vacas gordas de la economía australiana, y han dejado una ciudad lista para atraer turistas y más dinero.
Al día siguiente, después de desayunar y dejar a Australia trabajando, fui con sus hermanas en transporte público hasta la playa de Bronte, y desde allí caminamos hasta la quizá más famosa playa de Sídney, Bondi, y desde allí en autobús hasta la bahía de Watsons, donde tras otro paseo vimos una playa con unos colores del agua alucinantes. Allí cerca comimos en el famoso Doyle's un rico fish and chips, con una cerveza propia del mismo restaurante. Después volvimos en Ferry y yo me puse a trabajar en el apartamento.







Así pasé los días. Por las mañanas, salir a tomar café con Australia si era posible. Después, búsqueda de aventuras en la nueva y excitante urbe. Por la tarde, trabajo desde la incómoda silla del número uno de Dwyer Street siempre con las cápsulas de Illy de revulsivo.
El día siguiente se desarrolló de la misma manera. Desayuno y café rico cerca de la oficina de Australia y paseo por los jardines botánicos de Sídney. Aquí recordaba haber visto unos murciélagos absolutamente gigantes la última vez que estuve, pero esta vez, al ser de día, no los pude ver. Cuando estaba de camino hacia mi destino, me desvié ligeramente para comer con Australia y una hermana en un café, donde pedí una rica ensalada puesto que llevaba unas cuantas comidas como el mencionado fish and chips. Caminé y caminé después hasta Hyde Park, vi una exposición de algunas fotos, incluyendo una espectacular de Freycinet, y me acerqué un rato a la Catedral de St. Mary's, donde había unas cristaleras preciosas y traté de rezar unos minutos. Tras esto, llegué a los jardines botánicos, donde están en mi opinión las mejores vistas de la ópera y el puente, y volví andando hasta el apartamento. Por cierto, que me compré un vinilo por dos dólares de música irlandesa folk, para tener un recuerdo de Sídney y del viaje previo a Kiama y su festival.





La siguiente exploración fue al barrio de Glebe, donde acabé sentado con vistas al mar tomando una comida tipo picnic, ya que no había excesivas opciones para comer, y decidí que era mejor idea aprovechar el buen tiempo. En Glebe disfruté de un rato mirando libros y vinilos de segunda mano, aunque ahora mismo siento que tengo demasiados libros por leer y que los vinilos han cambiado mucho desde que empecé a comprarlos y ahora son caros y muy cotizados. Recuerdo que cuando empecé a mirar en los mercadillos casi los regalaban, en Suecia me compré por menos de dos euros vinilos de Dire Straits que estoy seguro de que a día de hoy costarían por lo menos cuatro veces más. Así, muchas veces los cajones de discos se convierten en música clásica, lo único que nadie parece querer, o en demasiado caros. Me gustaron también los ficus gigantes, que creo que son familia de los magnolios.
Al final del día, visitamos el Darling Harbour en un paseo nocturno.

El viernes decidí aprovechar al máximo mi penúltimo día, y, tras tomar un riquísimo café con Australia, la dejé en la oficina y salí a correr bordeando la costa y con la ópera y el puente de fondo, en una mezcla de épica y postureo, con la camiseta del centenario de la Real orgullosa al sol.
Volví en tren/metro a casa para rápidamente ducharme y volver a los muelles donde embarcarme en el ferry hasta Manly, otra zona de Sídney famosa por su playa, y donde pude disfrutar de un buen paseo, un café no tan bueno pero con bonitas vistas donde escribí el inicio de esta historia, y donde dedicí finalmente no bañarme puesto que por la tarde el sol desapareció. Vi unos lagartos grandes, unos pavos de matorral y unos avefrías militares.




En Manly estuve contento, estuve divagando, durante un rato pensaba que qué estaba haciendo, estuve dubitativo en cuanto a bañarme o no bañarme, me senté un ratito en un banco dedicado a Robert Taylor donde comí unas patatas fritas que en realidad eran boniatos fritos, vi los barquitos y me acordé de abu, vi surferos y un café de Hemingway, cientos de chavales en traje de baño descalzos caminando por la calle o por los paseos, vi tres playas, me compré una camiseta de turista, y, finalmente, volví en el ferry rápido al centro, acompañado del joven ejecutivo del que hablaré en una próxima historia.

El sábado, día que volvimos, estuvimos por la mañana con una amiga de Australia en un mercado y comimos en un sitio donde la comida estaba muy rica. Esta amiga y su novio están estudiando una tesis en Sídney, y fue agradable compartir unas horas de español, aunque les distrajésemos de sus estudios programados para ese día. Acabó nuestra travesía por Sídney atravesando el famoso puente Harbour Bridge, donde tienen cámaras y vigilantes durante todo el trayecto, y paseando por el Circular Quay, que es el muelle donde paran todos los ferrys, hasta la ópera, donde vimos gran cantidad de novias e incluso una ceremonia en un barco (tipo ferry) con vistas a la famosa construcción.


Hoy, ya en Melbourne, me daba cierta pena haber dejado Sídney, más que nada por la novedad y excitación de levantarse por la mañana y salir a ver algo nuevo. También pienso que quizá a Melbourne le pasa lo mismo que siempre digo sobre Madrid, le falta ese edificio distintivo como la ópera o el puente, o la torre Eiffel, o el Duomo de Milán. El vuelo desde Melbourne a Sídney es rápido y casi no te da tiempo de enterarte, aunque la llegada a Melbourne no me ha gustado en ninguna de las dos veces que lo he hecho en mi vida.
Pero también pienso que Sídney no es una ciudad para mí, o al menos no para vivir. Es demasiado frenética, tiene esa apariencia de individualismo y de participantes de la carrera de la rata que tan poco me gusta, aunque a veces en realidad forme parte de ella. Las calles son más estrechas, más llenas de cosas, no existe la facilidad para las bicis de Melbourne aunque los trenes creo que son más útiles que los tranvías. Coinciden en la cantidad de asiáticos, tanto turistas como viviendo supongo, muchos y muchos no hablando inglés.

Os dejo, espero que os haya gustado la historia. Siempre empiezo con algo más abstracto y de sensaciones y acabo haciendo un diario que no me llena mucho, pero con el que al menos os cuento un poco lo que hago.

Un abrazo.

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