16 de septiembre de 2020

Segundo

A veces me acuerdo, sobresaltado.
Quizá solamente un segundo. Niego con la cabeza con una mueca y vuelvo al hoy.
Ni siquiera podemos hacer nada.

12 de septiembre de 2020

Tower Hill

Tower Hill se ha convertido en uno de mis lugares favoritos de Australia y, si tuviese ocasión, no dudaría en traer a los visitantes aquí. Se llega desde Warrnambool por la carretera que sigue hacia el oeste, hacia Port Fairy, girando a la derecha justo al acabar de subir un repecho. Nada más entrar, se tiene una vista espectacular de un entorno absolutamente verde (y amarillo si es la época de floración de las mimosas) y con múltiples lagos llenos de aves. A partir de ahí, vas bajando por una carreterita preciosa, y lo más probable es que no pares de encontrarte animales, incluyendo cuatro de los más emblemáticos de Australia, canguros, koalas, emúes y equidnas.

Resulta que el repecho y la bajada forman parte de la aventura, puesto que Tower Hill es un volcán inactivo, y en cuanto lo ves y te lo cuentan tiene sentido. Para mí esto hace que sea una especie de micr-mundo, separado de la realidad, donde todos estos animales viven felices.

Tiene varias rutas y caminos para hacer excursiones, todas bonitas y agradables y con distintos tipos de paisaje. Algunos suben y puedes ver desde lo alto los lagos y las vistas, otro va sobre un humedal con pasarelas de madera rodeado de cañas, otro va bordeando el lago por la orilla... Lo más seguro es que tengas ocasión de ver de cerca un emú, incluso poder escuchar el alucinante ruido que hacen y que parece extraterrestre. Un día, estábamos Australia y yo comiendo un bocadillo tranquilamente sentados con vistas a uno de los lagos, cuando vinieron corriendo hacia nosotros dos emúes, que al vernos giraron hacia su derecha. ¡Al poco descubrimos que huían asustados de unos ciclistas! También es normal ver alguno por el aparcamiento y la zona de picnic, picoteando la hierba y acercándose a los coches e incluso metiendo la cabeza por la ventanilla.

En otra excursión vimos un equidna, o más bien lo escuchamos y luego lo descubrimos. El pobre estaba tan asustado que estuvo sin moverse un par de minutos, y luego debió o bien acostumbrarse, o bien decidió arriesgarse, y empezó a moverse con ese curioso caminar para mi regocijo.

Los koalas son casi habituales, y puedes jugar a ver cuántos encuentras en lo alto de los eucaliptos, o alguno que esté muy cerquita en la zona del aparcamiento para poder hacer las fotos de rigor. Los pobres canguros y ualabíes son menospreciados en esta reserva. ¡Con tanta competencia no llaman la atención!









(Versión dos).

Existe un lugar
donde abunda la verde hierba,
los lagos llenos de aves,
los árboles de todo tipo, eucaliptos, mimosas.

Una vez hubo lava donde ahora hay emúes.
Hay koalas en las ramas
cisnes negros, equidnas,
y desde arriba vistas asombrosas.

Tower Hill se ha convertido,
en uno de mis sitios preferidos.

27 de agosto de 2020

Lo olvidé

El otro día Australia me dijo algo bonito.
Algo como que compartir el día,
era por lo que me quería.
Pero ya se me ha olvidado.
Ya se me ha olvidado.

26 de agosto de 2020

Peggy

El cariño con el que hablan
cuando ya ha pasado
cuando ya no tiene remedio.

Al menos es honorable,
bonito,
conmovedor.

A mí decídmelo antes.

24 de agosto de 2020

Comienza la temporada

Aparecieron doblando la esquina, enfrente de Proudfoots, con sus bicicletas y ese aspecto de gamberrete que te da la adolescencia, cuando te crees que lo que haces es único e incomparable.
Lo que no se imaginaba es que le atacaría esa urraca, en ese famoso y temido swooping.
Me impresionó la capacidad de reacción. Tras el susto inicial, se bajó de la bici y se quitó el casco para continuar andando.
Se metieron en la callecita que atraviesa el cementerio y les perdí de vista...

22 de agosto de 2020

Las patatas Abad

 Antes del tractor y varios coches, se guardaba la almendra, cercada por maderos colocados a voluntad y según se necesitase. La almendra con cáscara, claro. Es curioso porque recuerdo que no me gustaba especialmente, pero mientras los mayores la recogían, vareando y con redes, como se debería hacer apra un romántico como yo, yo solía ir recogiendo alguna del suelo, la partía con dos piedras y me la comía. Así unas cuantas. Creo que buscaba las jóvenes y les quitaba la piel, te comías solamente la parte blanca de dentro, aunque te arriesgabas a que estuviese amarga.

En la puerta solíamos jugar a fútbol, aunque solíamos jugar en la pared, porque si dábamos golpes contra la puerta alguien nos acababa regañando. Supongo que destrozamos más de una siesta, pero yo no entendía cómo se podía perder el tiempo de esa manera. El suelo de la calle estaba hecho como de cuadrados de cemento y piedras, y si te caías te hacías seguramente una de esas heridas con hoyito incluido.

En ese suelo aprendí a andar en bici en la ya famosa historia del verano del noventa y uno. Hacíamos carreras o yincanas con varios vehículos, desde bicis de niño hasta de mayor, pasando por patinetes, correpasillos o sencillamente correr. Si era difícil solía ser hasta la pared del frontón, si era fácil, normalmente una vuelta a la manzana de detrás.

La casa de la esquina tenía, detrás de la verja y de lo que recuerdo como rosales, una piscina. A mí me daba envidia porque tenía que pagar por entrar en la municipal. Las entradas de la piscina eran billetitos de colores y diferían según la edad. Podías tener una de niño, o de adulto. Quizá también de tercera edad, pero no lo recuerdo bien, supongo que nunca le aplicaba a nadie con quien fuese. Había que saberse la edad en la que eras niño, porque si estabas en el límite, solía intentar entrar como niño.

Dentro, a veces, comprábamos patatas fritas, aunque solíamos llevar una bolsa del supermercado. Allí vendían patatas Abad, que en Madrid no las conocían. Eran rojas y con una patata que hacía como de señor. Eran ricas. En el supermercado te comprabas una bolsa grande por lo mismo más o menos que una pequeñita en el bar de la piscina. Aunque a veces, me mandaban a comprar coca-colas. Todavía me duele cuando me acuerdo que en uno de esos viajes, corriendo, siempre corriendo, perdí veinte duros por el césped. A veces pienso que es porque era muy tacaño, pero si os digo la verdad, creo que es porque me dolía en el alma perder el dinero de alguien que me lo había dado.

Creo que iba corriendo a todas partes para aprovechar más el tiempo. Como en la película de In time. Para qué iba a hacer algo andando si lo podías hacer corriendo en la mitad de tiempo. Total, correr es gratis, o eso pensaría yo. Igual debería acordarme más de correr, o igual es que he aprendido a disfrutar de la calma o de relajarse.

Al final de la calle, donde cambiaba al camino, estaba la huerta. Tenías que ir con pantalón largo por las ortigas. Me gustaba ir. Mi tío solía ir a cortar las cañas del camino para dejarlo limpio y a mí me gustaba porque creía que así podía ayudar y usar el hacha, pero luego en realidad nunca me dejaban hacerlo. Con la tijera de poda sí me dejaban, pero a mí no me gustaba.

Recuerdo comer alguna pieza de fruta, pero es que tampoco me gustaba demasiado. Melocotones, manzanas. Los higos eran populares, pero yo ni hablar. Qué ironías, lo que pagaría ahora por un melocotonero que diese fruto. También era consciente de que había membrillos, pero, qué raro, tampoco me gustaba el membrillo que hacía mi abuela. También pagaría por un postre de sidrería.

El campo de fútbol estaba antes de la huerta, al lado de la piscina. Era de tierra, pero cuando subieron a Tercera (supongo que sería Tercera) pusieron hierba. Soñaba con echar unos partidos ahí, o al menos unos tiros.

Así era la parte de detrás de la casa de Murillo cuando era pequeño.


21 de agosto de 2020

Lluvia y frío

 Llovió dos días seguidos. En la oscuridad de la noche parecía que llovía más, que el viento soplaba más fuerte. De día a ratos salía el sol, como si fuese una trampa invitando a salir a la calle, para atraparte allí con más fuerza. Llovió tanto que el río empezaba a desbordarse en algunos tramos. El océano, o bien se estaba sumando a la causa y embestía con fuerza, o simplemente se contagiaba de la borrachera de las nubes, pero asustaba tanto como embelesaba al mirarlo. Y el frío, el frío en las manos como desde hacía tiempo que no sentía. El frío que le acompañaba desde la mañana quizá, pero sobre todo en las manos.

19 de agosto de 2020

La urraca suicida

Celosa de Gastón, la gaviota que se hizo famosa por nada en particular, la urraca decidió cruzar la carretera repetidas veces, de un lado a otro y vuelta de nuevo, con las alas levantadas, justo cuando venían los coches, salvándose en el último momento.

16 de agosto de 2020

Senza tempo

El fin de semana en Warrnambool
equivale a aventuras en la costa.
Un paseo que sabe a excursión,
una playa desconocida,
un nuevo ángulo de un acantilado,
dos onzas de chocolate secretas,
dos buceadores no tan secretos
que se ponen la mascarilla
sintiéndose culpables sin razón.

Los restos de conchas y caracolas
pueden ser ahora pendientes.
La bruma y el misterio,
las tres urracas.

Los pies en el agua fría
de la que dan ganas de tomar un buen trago.
Los pantalones mojados de nuevo,
como era previsible.
Las botas aguantan el chaparrón
los plásticos al cubo
la roca mágica y el nivel del agua.

Lo mejor,
las gaviotas punk.


Pereza y descanso,
brownie de regalo de cumpleaños
del mejor hermano pequeño del mundo.
Sobras de merluza falsa,
tortilla improvisada,
y siempre
pan de dátiles y albaricoque. 

Distancia
en la misa
en las llamadas
al cruzarte con alguien.

Flores y perejil
pájaros peleando
café al sol
y botas Ugg mojadas.


La vida debe parecerse
al segundo nocturno de Chopin.



14 de agosto de 2020

Al límite

 Hoy casi pierdo la batalla. Llevo casi tres horas pensando que no escribiría nada. Los adjetivos sobre el mar agotados. Sin estima suficiente como para escribir la frase más verdadera.

Podría escribir del perro que me persiguió mientras corría.

Podría escribir sobre el hombre cojo que se bañó hasta la cintura.

O sobre el caracol que apareció en el perejil del jardín que recogí para hacer el pescado en salsa.

O podría practicar alguno de los  temas que quería escribirte: valores, felicidad, amor, esfuerzo, verdad, libertad, honestidad, valor.


Ahora recuerdo que por la tarde pensé en escribir sobre el sueño. Pero me temo que más que escribir sobre el sueño, él me ha atrapado a mí.

13 de agosto de 2020

Levántante

 Hoy fue el día de las nubes. Nubes como explosiones en el cielo, blancas y relucientes sobre el tranquilo océano o grises y esperando a su momento.

También algas, montones de algas, literales, formando estructuras y barricadas ante las olas. Y en algunas zonas del mar, grupos verdes como esperando a sus amigas, a que sean recogidas, para volver a donde acaba el horizonte.

Y una foca, jugueteando entre las dos, a toda velocidad. Una foca Lázaro, como si el océano me devolviese con furia mi atrevimiento. ¿Y ahora qué?

Ahora el placer. El placer de tu regalo, de la lluvia fina con sol, de Mark acariciando la guitarra mientras la espuma hace lo propio con mis pies. Sin remordimientos. Volver a casa creyéndose un surfero local, aprender, arreglar, sufrir y siempre saber qué es lo más importante, el bacalao de Pasajes.


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