Tras descartar varias ideas, mi craft acabó siendo un conjunto de españolidades, comandadas por unas, y está mal que lo diga, magníficas torrijas. Hay que explicar que en la familia de Australia hacen un sorteo y te toca alguien para regalar. Yo sufría con mi parte, aunque imaginaba que al que le hubiese tocado yo sufriría aún más. Al final creo que mis regalos fueron bien, y además yo llevé para todos, así que creo que lo apreciaron. Y lo que me regalaron a mí fue todo muy bueno y estuve muy feliz. Para empezar el padre de Australia me regaló una gorra y una bufanda de los Hawks, el equipo de fútbol australiano de Tasmania. Todo amarillo así que bueno para mí. El craft que me hicieron (una hermana de Australia) eran varias cosas, una tarjeta-canguro con bonitas palabras, una figurita de un canguro (hecha a mano obviamente), unos bombones de chocolate riquísimos, y un mini-diccionario de slang (dialecto) australiano que a la postre fue útil y además me servía para hacerme el graciosete con los nativos... Y, por último, le toqué a la madre de Australia para el regalo normal y... ¡Me regaló lecciones de surf! La verdad es que regalo perfecto. Además una camiseta (que pone algo como derecho a surfear en...).
Así que muy contento por todo, y con algo de prisa nos encaminamos a las afueras de Melbourne, hacia casa de la abuela de Australia, en un pueblecito llamado Woodend.
Aunque he dicho casa de la abuela, en realidad comimos en casa de la tía, que es más grande. Al llegar pude disfrutar por primera vez en mi vida del show de Santa, con elfo incluido, aunque es honesto decir que este Santa tenía un marcado acento y me costó entender bastante parte de su discurso. El pobre chaval al que le toqué fue un primo de Australia, que me regaló un Monopoly versión Australia, y un libro en inglés que se supone gracioso (lo cierto es que la primera página, todo lo que he alcanzado a leer hasta el momento, lo parecía). Por mi parte regalé La Sombra del Viento en inglés a un tío de Australia.
Acabada la ceremonia, Australia, una tía suya y yo, fuimos a buscar a casa de la abuela un pavo que contenía un pato que contenía un pollo, y lo llevamos mientras todo el mundo se ponía manos a la obra con la comida. Yo estaba encargado de hacer sangría, cosa que por supuesto en realidad no sabía, pero que al ser español debes decir que claro que sabes. Allí la comida se sirve antes y no en la mesa, así que cada uno se encargaba de ir poniendo algo un poco en cada plato, judías verdes, la carne, zanahorias, salsa... Poco más tarde la mesa estaba lista con sus crackers correspondientes y pudimos disfrutar de una deliciosa comida. Si quieres más, tienes que levantarte y cogerlo, con todo lo que ello conlleva.
Tras la comida y el correspondiente té, al que siempre me negaba rotundamente apoyando a mi aliado en esa guerra el café, fuimos a dar un paseo por los alrededores gran parte de la familia. Creo que la razón principal era enseñarme canguros, aunque creo que no es muy extraño que lo hagan. Y allí fuimos, con gente diciéndome que cuidado con las serpientes, y yo oteando el horizonte en busca de animales saltando. ¡Y allí estaban! Un grupo (a mob) de canguros gigante, que se quedan mirándote desde la lejanía sin moverse. Al cabo de un poco, mis compañeros aussies decidieron asustarlos y se pusieron a gritar y dar palmas, y ante mi asombro, los canguros realmente se asustaron y empezaron a saltar y saltar todos huyendo de aquel extraño grupo de hombres. Fue divertidísimo. Acabamos el paseo y vimos algún pájaro raro y alguna cosa más, y volvimos a casa.
Allí nos esperaba, además de una merienda con tartas y mil cosas, una tormenta gigante y con estruendo, que incluyó desde lluvia estándar hasta granizo, y que inundó el jardín trasero de la casa en pocos minutos. Hay que mencionar que allí parece ser típico que los abuelos hagan trifle, que no sé si es el que hace Rachel en Friends, que lleva gelatina, bizcocho, frutas y más cosas como por capas, y que ni a mí ni a Australia nos gusta mucho.
Un rato después fuimos a un parque de estos para chavales pero que le daba mil vueltas a los parques que yo conoaco de aquí, con tirolina, instrumentos musicales para tocar (como xilófonos gigantes, tambores y así), y varias cosas más, donde fuimos otra vez gran parte de la familia y estuvimos allí un poco volviendo a ser niños.
Finalmente, tras cenar sobras de la mañana (allí el pavo vale para varios días después de Navidad), cayó la noche y acabamos volviendo en el coche camino a Melbourne, y cuando el viaje agonizaba, todos alzamos la voz cantando el famoso y mítico Hallelujah de Leonard Cohen en un final apoteósico y memorable. What a Christmas day!
Creí que sería de los Atlanta Hawks, por Mc Grady. Pero bueno, si es amarillo puede valerte también.
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