19 de mayo de 2020

Mi reino por un Albariño

Mi reino por un Albariño, servido por Fernando, con su inmaculada chaqueta blanca de marinero, el paño blanco en su antebrazo izquierdo listo para cubrir la cubeta llena de hielo y agua fría, la tez afeitada de manera impecable, la simpática y honesta seriedad profesional y la mirada atendiendo al detalle, siempre pendiente de todo lo que sucede puertas adentro y, a ser posible, del momento en el que colocar una ración de cualquier producto fresco y gallego.
Una ración de navajas, limpias, sin arena, y con esa salsa inimitable, presentada en plato blanco alargado, con la cesta de pan a su vera, cortado y listo para mojar, y con aquellos picos anisados escondidos en la profundidad del canasto, que sólo los expertos conocen y degustan en la espera, en la antesala de los bivalvos.
Solamente podría superarse esto en un lugar con miras a una ría baja, o quizá en el fin de la tierra tras haber acabado una o varias jornadas antes el Camino de Santiago, pero siempre con Fernando.

Nunca pensé que una botella de Albariño me emocionase tanto, hasta el punto de humedecerse los ojos, regodeados en la morriña, palabra que, por cierto, viene al dedo para este momento.










El hombre que llevaba las gafas altas

Llevaba las patillas de las gafas muy por encima de las orejas, así que hacían un ángulo casi de cuarenta y cinco grados en su nariz. Aun así, tenía que inclinar la cabeza para mirar por encima de las gafas constantemente, cada vez que necesitaba mirar algo que hubiese cerca. Deambulaba por la cocina, de los fogones al horno, del horno al fregadero, del fregadero al frigorífico. Enfocaba en cada sitio dependiendo de su necesidad, a través de las lentes o por encima, siempre usando la cabeza y no moviendo los anteojos, y los movimientos eran eléctricos. Su envergadura lo hacía todo más curioso y divertido, digno de una descripción para cualquier lector que se precie.

9 de mayo de 2020

Procrastinando (Otra)

Aquí estoy, sentado en la cama con uno de esos cojines grandes apoyado en la pared, en esta postura terrible para mi cuello. Acabo de (acabo es quizá demasiado ambicioso) desayunar con Australia, tras moler mi propio café y rallar mi propio tomate, y me he venido a mi guarida a escuchar el nuevo disco de los Strokes por primera vez. Estoy muy contento con mi sistema de música. Ahora mismo estoy reproduciendo desde el ordenador por bluetooth. A la vista tengo la edición especial de Blood Bank, de Bon Iver, que compré en preventa hace ya tiempo, creo que porque no pude resistir perderme la edición especial en vinilo rojo. Digo creo porque en realidad es un single, ni siquiera un disco entero por así decirlo. A mi izquierda, en la mesilla, tengo Almas muertas con Gogol desafiándome a continuar descubriendo las venturas y desventuras de Chichikov. También en la mesilla, el último trozo de pera. Cada vez que como fruta me acuerdo de mi padre, tanto por su insistente «come mucha fruta» como por la imagen que tengo de él pelándola y llenando su plato de pieles mientras yo masticaba a duras penas la manzana de turno, en las épocas en las que no había deliciosos paraguayos o uva moscatel. A mi derecha la maldita tentación del móvil, el resto de cama king deshecha y el armario abierto (si lo viese mi madre o Australia lo cerrarían).

Los Strokes suenan bien.

Me acaba de asaltar, mientras pensaba cómo seguir escribiendo, la sensación de culpabilidad y pereza por buscar trabajo, dado que ya tengo el permiso listo. No acompaña la situación, pero habrá que hacerlo. Tengo que volver a cambiar el currículum, adecuándolo desde el espérenme hasta abril cuando tengo permiso de trabajo al este es mi visado que demuestra mi condición. Esa es la primera barrera. La segunda es que no me apetece mucho enfrentarme a la posible batería de entrevistas, sobre todo presencialmente. Ya os contaré.


Vuelvo a abrir esta pestaña unas horas después. Como siempre, pienso en borrarlo todo, pero lo dejaré estar. En el tiempo entre las anteriores líneas y éstas, he salido un rato a dar una vuelta y comprar el pan, y he estado escuchando música.

(Envío esta entrada quizá dos semanas después... Qué desastre).

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