29 de enero de 2019

Baratos y clásicos

Una semana más, un café más en una mañana calurosa de recogida de papeles. El hombre amable estaba hoy en información atendiendo a las preguntas. Durante mi espera, pude ver a otra empleada siendo muy amable pero de manera más falsa, o por lo menos, más forzada. Es esta una actitud a la que estoy más acostumbrado. A mí me atiende un tercer empleado con el que tampoco interactúo demasiado.
Melbourne sale a las soleadas calles sobre las doce y media en busca de un trocito de hierba donde comer el emparedado, burrito o ensalada que han comprado. Muchos lo hacen solos, otros van en grupos de colegas de trabajo. También es mayoría la gente con tarjetas de la empresa colgadas al cuello. Siempre he pensado que nos convierte un poco en ganado. Por eso la llevo en el bolsillo del pantalón, aunque Espinosa me llame punky por ello.

Por la tarde me acerco al centro de la ciudad y hago algunas compras. Algún regalo fácil y otros que encuentro mientras busco las otras cosas. Veo una librería con todos los libros a siete dólares y entro. Tienen una estantería definida como «Classics», eso me gusta. Me compro dos de Kerouac y sigo mi camino. En realidad mi objetivo era comprar alguno de los compañeros de Jack, miembros de la generación beat, pero no tienen ninguno.
Camino por las calles y pulso el botón del semáforo en cada esquina. Quedo con Australia cuando sale del trabajo y tomamos unos dumplings que no le gustan en Chinatown. Volvemos a casa y cenamos y hablamos de mi abuelo Juan y las historias de su vida.




27 de enero de 2019

Verdades

La terrible y triste derrota de Nadal en la final del Abierto de Australia tiene un devastador efecto en mi estado de ánimo. Todos los aussies lo notan y me preguntan si estoy bien, Australia me acaricia el hombro y me susurra <<sorry>>, y el resto trata de animar a Rafa y por consiguiente también a mí. Jamás había visto a Nadal perder así y por ello estoy tan sorprendido y sin palabras. Viví desoladoras derrotas, contra Federer en Wimbledon cuando pensaba que nunca volvería esa oportunidad, o contra el propio Djokovic en esta misma cancha, pero siempre con posibilidades. Aun así, me sorprende que creo hasta el final.

Pasamos la noche en Castlemaine, en una casa de campo rodeada de eucaliptos, donde hemos visto canguros desde la ventana de la cocina. El jardín tiene árboles frutales cubiertos por mallas, dos gallinas que hoy no habían puesto ningún huevo. Cerca hay un pantano donde todos van a nadar. Huw nos hace pollo con arroz al azafrán para cenar y Eva había comprado una botella de vino blanco para acompañarlo. Ahora los australianos apuran sus tazas de té mientras yo escribo en la encimera de la cocina.
Por la mañana me llevaron a misa, a las diez y media, donde el cura me saludó al entrar. Durante el sermón habla del día de Australia, que se ha convertido en una gran controversia aquí por el tema de los aborígenes, y un buen rato pienso si eso es lo que debe tratar de enseñarnos o si debería hablarnos de nuestra fe, nuestra espiritualidad, y como ser buenos cristianos en la sociedad actual. Quizá lo que él comentaba nos hace mejores. Hacia el final del sermón menciona el lema <<Truth will set you free>>.
Después tomamos un café, muy rico como casi siempre en estas latitudes, en un local con ambientación alemana, y yo tomo un bagel con aguacate y queso bastante bueno. Paseamos por el jardín botánico y Huw nos cuenta alguna cosa sobre los árboles, y yo le cuento sobre los arbolitos de la Patagonia, las secuoyas de Estados Unidos y los alerces milenarios de Chile.

El tiempo en Australia de este viaje va llegando a su fin y a veces todo me parece que se vuelve un poco dramático, o quizá sea solamente el amargo final de dos semanas de tenis que parecían perfectas. Leo unas cuantas páginas de Hemingway, París era una fiesta, que salvo de la purga hacia una op-shop.
Me inspira, en el borde de la contraportada, <<All you have to do is write one sentence. Write the truest sentence that you know>>. (Todo lo que tienes que hacer es escribir una frase verdadera. Escribe la mayor verdad que sepas). Echo de menos al tío Toni, esa es la verdad.

25 de enero de 2019

Líneas del viernes ardiente

Melbourne es un auténtico infierno, absolutamente desierto, con el asfalto cociendo a los pocos atrevidos que salen a los 45 grados de sensación térmica. Como si Nadal hubiese arrasado no sólo a Tsitsipas en las semifinales, si no también al resto de la población, de la ciudad. Los pájaros también se esconden como pueden bajo las sombras, y muchos tienen el pico completamente abierto y no se mueven del sitio aunque pases cerca.
Me refugio en un café donde pido una vez más un iced-coffee, con helado, y eggs benedict, que esta vez vienen sobre hashbrowns en vez de pan. Me acompañan todo tipo de solitarios que almuerzan, entretenidos con dispositivos, periódicos o llamadas.





Por la mañana visité con Australia la oficina de pasaportes, donde un muy amable epleado nos atendió para nuestra solicitud de certificados y apostillas de la Haya. En la ventanilla, en cada ventanilla, había un cartel en el que rogaban un buen comportamiento y aseguraban que hacían el mejor trabajo posible. Tras acabar todo el papeleo, en el que el único inconveniente fue compulsar mi pasaporte, lo cual pude hacer en una farmacia del mismo edificio, me preguntaba si había sido tan sencillo por los 349 dólares que habíamos pagado.

Paso el resto del día, tras la aventura y experiencia en la bici, bajo la protección del aire condicionado de casa. Por la tarde hay visita de un tío de Australia, que se pasan por casa y de paso la felicitan por su cumpleaños. Por la noche cenamos con toda la familia, y la grata sorpresa es que refresca, muy adecuado teniendo en cuenta que además cenamos curry. Cerramos la noche en casa de su hermana, yo tomo chocolate caliente y casi todo el resto té, mientras en la noche de Melbourne reluce el estadio de las carreras de caballos.


24 de enero de 2019

Garabatos del jueves

Me introduzco en un café de moda de Melbourne (¿aquí cual no lo es?). Es un día caluroso y las calles, como dijo Quique González años atrás, están desiertas, no hay nadie que se atreva a salir. Escribo frente a clásico vaso y botella de agua, lo primero que te trae el camarero en cuanto te sientas, y un ice-coffee con su bola de helado. Las paredes de ladrillo sucio, como con pintura mal quitada (pero a propósito), vigas descubiertas y delantales de los camareros dan un aire industrial. Por la mañana, tras los habituales ejercicios, cruzo el parque de Carlton hacia las oficinas, buscando las sombras de los gigantescos plátanos, magnolias, robles y eucaliptos. Ni rastro de possums a esta hora del día, sólo algunos pajaritos myna. Uno de ellos bebe de un minúsculo charco formado al borde de la carretera, donde ésta acaba y empieza el bordillo.
La oficinas del obispado no son plenamente satisfactorias. Una vez más, no consigo pasar de recepción, aunque me ponen al teléfono con la persona experta. El momento cumbre llega cuando ella me afirma que si no vivimos aquí ellos no pueden firmar nada, y que debe hacerlo España. ¿Cómo va a firmar España su certificado de bautismo si ni saben que se bautizó? Al final me dice que el «cura local» lo podrá hacer, pero esto sigue pareciéndome una huida. Ese momento es curioso, ya que los australianos son extremadamente educados y correctos, aunque lo que estén haciendo sea por ejemplo echarte de un lugar, pero yo ya estoy desquiciado y lo que dice no tiene ningún sentido.

A la salida, una familia de turistas observa el edificio del que salgo, que tiene un aire a Partenón, como tratando de discernir si es algo importante o relevante. Lo hacen también con el siguiente, la sinagoga, pero en seguida ven en la acera de enfrente el parque con la fuente-ducha, y se olvidan hasta de las reglas de circulación para cruzar la calle.
Me paseo por las calles y callejones, reservo mesa en un restaurante para la semana que viene y compro algunos regalos en una tienda de recuerdos de Melbourne. La señora que me atiende me habla de su visita a España, Sevilla, Madrid y Barcelona. Ella estuvo allí antes de las Olimpiadas y coincidimos en lo mucho que la ciudad habrá cambiado, y me cuenta que visitaba los jardines de Gaudí prácticamente sola.

20 de enero de 2019

Kendall el mormón

Kendall pasaba los días paseando por las calles de Melbourne, sin destino fijo. Era mormón, y estaba haciendo un voluntariado que debía durar dos años y que le llevaría a distintos puntos de Australia para tratar de dar su mensaje a la gente. Pese a que era un joven respetuoso, como él mismo admitiría, en Australia la gente era amable pero poco religiosa, por lo que su divagar solía producirse entre noes.
Uno de esos días, Kendall empezó a hablar con un joven que leía en la hierba. Le preguntó qué conocía sobre los mormones y el joven respondía amablemente a sus preguntas. Le contó algunas de las cosas básicas, y que él lo había aprendido mientras estaba en Las Vegas. Kendall hablaba con seguridad y planteaba las cosas como si se las explicase a un niño, como haciendo entender que en realidad no era tan difícil de comprender y que aquello era la verdad. Pero, en el fondo, él también era una persona normal, y no esperaba que en esa conversación le hiciesen dudar tanto o le preguntasen cosas que le dejasen sin una respuesta fácil. Cuando quiso explicar que era muy conveniente que Dios hubiese enviado a otro profeta para mantener su mensaje, no se esperaba la respuesta de que esa labor ya la hacía la Iglesia que el mismo Jesús había fundado hace dos mil años. Y tampoco pudo dar una respuesta muy convincente a las preguntas sobre María u otras religiones con otros profetas. Para colmo, no consiguió que el joven se quedase en el libro del mormón que quería regalarle, aunque seguramente era comprensible que nadie quisiese cambiar su fe tras una conversación informal, aunque profunda, de apenas un cuarto de hora.

Quizá Kendall esté ahora en Tasmania, en otro parque, vestido con su camisa y corbata y su libro entre las manos. O quizá todavía esté por Melbourne pensando en volver con su familia a Utah o Tejas y contarles la historia del parque de Australia.

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