Las horas van pasando pero mi pereza para irme a la cama no desaparece. Haría cualquier cosa, trabajar, leer La casa de los muertos, leer columnas de Carlos Esteban, escribir las partes llamativas de lo que he leído hoy en Goodreads, refrescar Twitter como si en algún momento fuese a salir algo interesante o incluso organizar el día de mañana. Cualquier cosa con tal de tratar de aprovechar un poco más, tener este trocito de vida a mi disposición, aunque luego por la mañana se vuelvan las tornas y el mundo despierte y disfrute de la mañana mientras yo me resisto a salir de entre las sábanas.
El frío ha vuelto a Melbourne y ya no se puede apelar a la ropa de casa de manga corta. Es más, cuando esta mañana me he acercado al consulado de España, para solicitar mi voto, hacíalo con cazadora y no sobraba. Por cierto, que el voto ha quedado solicitado, rellenando dos impresos y aportando copias del pasaporte, de la vigencia de mi visado y una prueba de la dirección donde vivo. El lado negativo es que parece que es habitual que los votos no lleguen a tiempo. Alea iacta est. Estaba leyendo que quizá es más preciso Iacta alea esto, pero no quiero pecar de pedante.
Otra cosa que he hecho hoy es ir a correr, y he intentado hacer los cinco quilómetros más rápido. Llegar hasta el parque siempre es más lento, pero creo que luego he ido bien. La verdad es que noto algo de mejoría en el estado físico respecto a los primeros días.
¿Veis? Otra vez he cambiado el estilo en este último párrafo, y me convierto en un escritor de diario en vez de en uno con pretensiones y de historias menudas. Qué se le va a hacer.
También hoy, en un triste intento de emular a mi padre y mi abuela, he estado cocinando croquetas. En realidad la besamel la preparé ayer, de manera ciertamente lamentable, y con más sombras que luces, y hoy he estado finalizando el trabajo. El aspecto ha sido bastante bueno, pero la besamel B estaba sosa y demasiado densa. Las buenas noticias son que la besamel A, de la que todavía queda, estaba más rica, más suave y con mejor toque de sal. Las mejores noticias son que, si la primera vez me sale así, entiendo que tengo espacio para mejorar pero que no estoy tan lejos. A ver si esta Navidad puedo trabajar con los expertos en la materia.
(Había escrito en este párrafo anterior bechamel, pero he confirmado que mejor besamel).
Mañana espero que, tras haber pasado ya estos días post-Sídney, pueda volver un poco a la rutina y avanzar en algunas cosas pendientes que tengo. Os aburriría con ellas, pero mejor os aburro con ellas cuando las haga en los próximos días.
Nos vemos.
9 de octubre de 2019
6 de octubre de 2019
Sídney, eléctrica, novedosa y repleta
Paseo por las calles de Sídney pero tengo la sensación de estar en Nueva York. No sólo paseando, también mientras estoy en el apartamento, cerca de la estación central, desde donde se siente el bullicio, y con una azotea a la vista en la que la cantidad de aparatos de aire acondicionado abruma hasta el punto que parece arte.
Quizá sea por el ajetreo de las calles, siempre llenas. Los edificios altos y las calles en las que no da el sol debido a su sombra. Los miles de asiáticos que pueblan las aceras y el centro de la ciudad. Seguramente, también lo gigante que me parece la metrópoli, aunque, a veces, pienso que hacen trampa, porque cruzas en un ferry bien lejos y sigue siendo Sídney. Cierto es también que utilizan los nombres de los barrios, igual que en Melbourne, y es lo que ponen en las cartas (obviando Sídney o Melbourne) o lo que dicen cuando explican a alguien dónde viven.
Sídney tiene esa especie de magia atractiva, ese postureo moderno por el que te sientes guay. Suena a tópico pero sientes la energía que tiene. Durante estos días he disfrutado mucho de los paseos en los que, caminando un rato, acabas por llegar a la masa de agua y puedes ver el puente Harbour Bridge o la ópera al fondo. Los desayunos en cafés más o menos hipsters. Las excursiones a un ratito del centro donde parece que hayas ido de Madrid al Mediterráneo.
El primer día tuvimos una agradable caminata por Darling Harbour hasta Barangaroo Reserve, donde han hecho un bonito paseo «costero» que me recordaba en cierta medida al High Line de Nueva York. Una de las cosas que me llamaban la atención es la cantidad de espacios con apariencia de muy nuevos y en los que parecen haber gastado mucho dinero para dejarlo bonito y práctico. Sídney parece haber aprovechado las vacas gordas de la economía australiana, y han dejado una ciudad lista para atraer turistas y más dinero.
Al día siguiente, después de desayunar y dejar a Australia trabajando, fui con sus hermanas en transporte público hasta la playa de Bronte, y desde allí caminamos hasta la quizá más famosa playa de Sídney, Bondi, y desde allí en autobús hasta la bahía de Watsons, donde tras otro paseo vimos una playa con unos colores del agua alucinantes. Allí cerca comimos en el famoso Doyle's un rico fish and chips, con una cerveza propia del mismo restaurante. Después volvimos en Ferry y yo me puse a trabajar en el apartamento.
Así pasé los días. Por las mañanas, salir a tomar café con Australia si era posible. Después, búsqueda de aventuras en la nueva y excitante urbe. Por la tarde, trabajo desde la incómoda silla del número uno de Dwyer Street siempre con las cápsulas de Illy de revulsivo.
El día siguiente se desarrolló de la misma manera. Desayuno y café rico cerca de la oficina de Australia y paseo por los jardines botánicos de Sídney. Aquí recordaba haber visto unos murciélagos absolutamente gigantes la última vez que estuve, pero esta vez, al ser de día, no los pude ver. Cuando estaba de camino hacia mi destino, me desvié ligeramente para comer con Australia y una hermana en un café, donde pedí una rica ensalada puesto que llevaba unas cuantas comidas como el mencionado fish and chips. Caminé y caminé después hasta Hyde Park, vi una exposición de algunas fotos, incluyendo una espectacular de Freycinet, y me acerqué un rato a la Catedral de St. Mary's, donde había unas cristaleras preciosas y traté de rezar unos minutos. Tras esto, llegué a los jardines botánicos, donde están en mi opinión las mejores vistas de la ópera y el puente, y volví andando hasta el apartamento. Por cierto, que me compré un vinilo por dos dólares de música irlandesa folk, para tener un recuerdo de Sídney y del viaje previo a Kiama y su festival.
La siguiente exploración fue al barrio de Glebe, donde acabé sentado con vistas al mar tomando una comida tipo picnic, ya que no había excesivas opciones para comer, y decidí que era mejor idea aprovechar el buen tiempo. En Glebe disfruté de un rato mirando libros y vinilos de segunda mano, aunque ahora mismo siento que tengo demasiados libros por leer y que los vinilos han cambiado mucho desde que empecé a comprarlos y ahora son caros y muy cotizados. Recuerdo que cuando empecé a mirar en los mercadillos casi los regalaban, en Suecia me compré por menos de dos euros vinilos de Dire Straits que estoy seguro de que a día de hoy costarían por lo menos cuatro veces más. Así, muchas veces los cajones de discos se convierten en música clásica, lo único que nadie parece querer, o en demasiado caros. Me gustaron también los ficus gigantes, que creo que son familia de los magnolios.
Al final del día, visitamos el Darling Harbour en un paseo nocturno.
El viernes decidí aprovechar al máximo mi penúltimo día, y, tras tomar un riquísimo café con Australia, la dejé en la oficina y salí a correr bordeando la costa y con la ópera y el puente de fondo, en una mezcla de épica y postureo, con la camiseta del centenario de la Real orgullosa al sol.
En Manly estuve contento, estuve divagando, durante un rato pensaba que qué estaba haciendo, estuve dubitativo en cuanto a bañarme o no bañarme, me senté un ratito en un banco dedicado a Robert Taylor donde comí unas patatas fritas que en realidad eran boniatos fritos, vi los barquitos y me acordé de abu, vi surferos y un café de Hemingway, cientos de chavales en traje de baño descalzos caminando por la calle o por los paseos, vi tres playas, me compré una camiseta de turista, y, finalmente, volví en el ferry rápido al centro, acompañado del joven ejecutivo del que hablaré en una próxima historia.
El sábado, día que volvimos, estuvimos por la mañana con una amiga de Australia en un mercado y comimos en un sitio donde la comida estaba muy rica. Esta amiga y su novio están estudiando una tesis en Sídney, y fue agradable compartir unas horas de español, aunque les distrajésemos de sus estudios programados para ese día. Acabó nuestra travesía por Sídney atravesando el famoso puente Harbour Bridge, donde tienen cámaras y vigilantes durante todo el trayecto, y paseando por el Circular Quay, que es el muelle donde paran todos los ferrys, hasta la ópera, donde vimos gran cantidad de novias e incluso una ceremonia en un barco (tipo ferry) con vistas a la famosa construcción.
Hoy, ya en Melbourne, me daba cierta pena haber dejado Sídney, más que nada por la novedad y excitación de levantarse por la mañana y salir a ver algo nuevo. También pienso que quizá a Melbourne le pasa lo mismo que siempre digo sobre Madrid, le falta ese edificio distintivo como la ópera o el puente, o la torre Eiffel, o el Duomo de Milán. El vuelo desde Melbourne a Sídney es rápido y casi no te da tiempo de enterarte, aunque la llegada a Melbourne no me ha gustado en ninguna de las dos veces que lo he hecho en mi vida.
Pero también pienso que Sídney no es una ciudad para mí, o al menos no para vivir. Es demasiado frenética, tiene esa apariencia de individualismo y de participantes de la carrera de la rata que tan poco me gusta, aunque a veces en realidad forme parte de ella. Las calles son más estrechas, más llenas de cosas, no existe la facilidad para las bicis de Melbourne aunque los trenes creo que son más útiles que los tranvías. Coinciden en la cantidad de asiáticos, tanto turistas como viviendo supongo, muchos y muchos no hablando inglés.
Os dejo, espero que os haya gustado la historia. Siempre empiezo con algo más abstracto y de sensaciones y acabo haciendo un diario que no me llena mucho, pero con el que al menos os cuento un poco lo que hago.
Un abrazo.
Quizá sea por el ajetreo de las calles, siempre llenas. Los edificios altos y las calles en las que no da el sol debido a su sombra. Los miles de asiáticos que pueblan las aceras y el centro de la ciudad. Seguramente, también lo gigante que me parece la metrópoli, aunque, a veces, pienso que hacen trampa, porque cruzas en un ferry bien lejos y sigue siendo Sídney. Cierto es también que utilizan los nombres de los barrios, igual que en Melbourne, y es lo que ponen en las cartas (obviando Sídney o Melbourne) o lo que dicen cuando explican a alguien dónde viven.
Sídney tiene esa especie de magia atractiva, ese postureo moderno por el que te sientes guay. Suena a tópico pero sientes la energía que tiene. Durante estos días he disfrutado mucho de los paseos en los que, caminando un rato, acabas por llegar a la masa de agua y puedes ver el puente Harbour Bridge o la ópera al fondo. Los desayunos en cafés más o menos hipsters. Las excursiones a un ratito del centro donde parece que hayas ido de Madrid al Mediterráneo.
El primer día tuvimos una agradable caminata por Darling Harbour hasta Barangaroo Reserve, donde han hecho un bonito paseo «costero» que me recordaba en cierta medida al High Line de Nueva York. Una de las cosas que me llamaban la atención es la cantidad de espacios con apariencia de muy nuevos y en los que parecen haber gastado mucho dinero para dejarlo bonito y práctico. Sídney parece haber aprovechado las vacas gordas de la economía australiana, y han dejado una ciudad lista para atraer turistas y más dinero.
Al día siguiente, después de desayunar y dejar a Australia trabajando, fui con sus hermanas en transporte público hasta la playa de Bronte, y desde allí caminamos hasta la quizá más famosa playa de Sídney, Bondi, y desde allí en autobús hasta la bahía de Watsons, donde tras otro paseo vimos una playa con unos colores del agua alucinantes. Allí cerca comimos en el famoso Doyle's un rico fish and chips, con una cerveza propia del mismo restaurante. Después volvimos en Ferry y yo me puse a trabajar en el apartamento.
Así pasé los días. Por las mañanas, salir a tomar café con Australia si era posible. Después, búsqueda de aventuras en la nueva y excitante urbe. Por la tarde, trabajo desde la incómoda silla del número uno de Dwyer Street siempre con las cápsulas de Illy de revulsivo.
El día siguiente se desarrolló de la misma manera. Desayuno y café rico cerca de la oficina de Australia y paseo por los jardines botánicos de Sídney. Aquí recordaba haber visto unos murciélagos absolutamente gigantes la última vez que estuve, pero esta vez, al ser de día, no los pude ver. Cuando estaba de camino hacia mi destino, me desvié ligeramente para comer con Australia y una hermana en un café, donde pedí una rica ensalada puesto que llevaba unas cuantas comidas como el mencionado fish and chips. Caminé y caminé después hasta Hyde Park, vi una exposición de algunas fotos, incluyendo una espectacular de Freycinet, y me acerqué un rato a la Catedral de St. Mary's, donde había unas cristaleras preciosas y traté de rezar unos minutos. Tras esto, llegué a los jardines botánicos, donde están en mi opinión las mejores vistas de la ópera y el puente, y volví andando hasta el apartamento. Por cierto, que me compré un vinilo por dos dólares de música irlandesa folk, para tener un recuerdo de Sídney y del viaje previo a Kiama y su festival.
La siguiente exploración fue al barrio de Glebe, donde acabé sentado con vistas al mar tomando una comida tipo picnic, ya que no había excesivas opciones para comer, y decidí que era mejor idea aprovechar el buen tiempo. En Glebe disfruté de un rato mirando libros y vinilos de segunda mano, aunque ahora mismo siento que tengo demasiados libros por leer y que los vinilos han cambiado mucho desde que empecé a comprarlos y ahora son caros y muy cotizados. Recuerdo que cuando empecé a mirar en los mercadillos casi los regalaban, en Suecia me compré por menos de dos euros vinilos de Dire Straits que estoy seguro de que a día de hoy costarían por lo menos cuatro veces más. Así, muchas veces los cajones de discos se convierten en música clásica, lo único que nadie parece querer, o en demasiado caros. Me gustaron también los ficus gigantes, que creo que son familia de los magnolios.
Al final del día, visitamos el Darling Harbour en un paseo nocturno.
El viernes decidí aprovechar al máximo mi penúltimo día, y, tras tomar un riquísimo café con Australia, la dejé en la oficina y salí a correr bordeando la costa y con la ópera y el puente de fondo, en una mezcla de épica y postureo, con la camiseta del centenario de la Real orgullosa al sol.
Volví en tren/metro a casa para rápidamente ducharme y volver a los muelles donde embarcarme en el ferry hasta Manly, otra zona de Sídney famosa por su playa, y donde pude disfrutar de un buen paseo, un café no tan bueno pero con bonitas vistas donde escribí el inicio de esta historia, y donde dedicí finalmente no bañarme puesto que por la tarde el sol desapareció. Vi unos lagartos grandes, unos pavos de matorral y unos avefrías militares.
En Manly estuve contento, estuve divagando, durante un rato pensaba que qué estaba haciendo, estuve dubitativo en cuanto a bañarme o no bañarme, me senté un ratito en un banco dedicado a Robert Taylor donde comí unas patatas fritas que en realidad eran boniatos fritos, vi los barquitos y me acordé de abu, vi surferos y un café de Hemingway, cientos de chavales en traje de baño descalzos caminando por la calle o por los paseos, vi tres playas, me compré una camiseta de turista, y, finalmente, volví en el ferry rápido al centro, acompañado del joven ejecutivo del que hablaré en una próxima historia.
El sábado, día que volvimos, estuvimos por la mañana con una amiga de Australia en un mercado y comimos en un sitio donde la comida estaba muy rica. Esta amiga y su novio están estudiando una tesis en Sídney, y fue agradable compartir unas horas de español, aunque les distrajésemos de sus estudios programados para ese día. Acabó nuestra travesía por Sídney atravesando el famoso puente Harbour Bridge, donde tienen cámaras y vigilantes durante todo el trayecto, y paseando por el Circular Quay, que es el muelle donde paran todos los ferrys, hasta la ópera, donde vimos gran cantidad de novias e incluso una ceremonia en un barco (tipo ferry) con vistas a la famosa construcción.
Hoy, ya en Melbourne, me daba cierta pena haber dejado Sídney, más que nada por la novedad y excitación de levantarse por la mañana y salir a ver algo nuevo. También pienso que quizá a Melbourne le pasa lo mismo que siempre digo sobre Madrid, le falta ese edificio distintivo como la ópera o el puente, o la torre Eiffel, o el Duomo de Milán. El vuelo desde Melbourne a Sídney es rápido y casi no te da tiempo de enterarte, aunque la llegada a Melbourne no me ha gustado en ninguna de las dos veces que lo he hecho en mi vida.
Pero también pienso que Sídney no es una ciudad para mí, o al menos no para vivir. Es demasiado frenética, tiene esa apariencia de individualismo y de participantes de la carrera de la rata que tan poco me gusta, aunque a veces en realidad forme parte de ella. Las calles son más estrechas, más llenas de cosas, no existe la facilidad para las bicis de Melbourne aunque los trenes creo que son más útiles que los tranvías. Coinciden en la cantidad de asiáticos, tanto turistas como viviendo supongo, muchos y muchos no hablando inglés.
Os dejo, espero que os haya gustado la historia. Siempre empiezo con algo más abstracto y de sensaciones y acabo haciendo un diario que no me llena mucho, pero con el que al menos os cuento un poco lo que hago.
Un abrazo.
18 de septiembre de 2019
Inverloch
Hace tiempo que no voy a un café con el ordenador, y creo que ya cogí la costumbre y en casa no me sale, o no me surge la idea.
La vida transcurre con cierta normalidad. Hay días que acabo frustrado por el trabajo, otros días satisfecho y contento. Me ha preocupado un poco que creo que a veces me paso demasiado tiempo frente al ordenador, pendiente de cosas del trabajo, y acabo haciendo jornadas maratonianas. Luego, por otro lado, también pienso que siempre he dicho que aprecio esa flexibilidad, cuando hay que esforzarse lo haces y cuando no hay tanta actividad aprovechas para estar más desconectado.
El fin de semana fuimos por la costa, al suereste de Melbourne, y se agradecía el estar cerca del mar, fuera de la ciudad. A Australia le apetecía ir a una jornada de puertas abiertas de unas casas sostenibles que están haciendo en un pueblo y nos llevaron unos tíos suyos. Lo pasamos bien y fue agradable, aunque yo eché de menos que contasen un poco más de por qué era más o menos eficiente la orientación de las ventanas, los materiales, etc.
Fui a misa en Inverloch, en una iglesia que por fuera no lo parecía, y casi había más gente que en Melbourne. Cenamos unos buenos trozos de carne y las patatas de guarnición me decepcionaron.
Luego, ese domingo, volví a hacer paella. No me termina de convencer, pero supongo que la iré puliendo. Los materiales tampoco son los mejores.
Volví a ir a correr este martes, con un poco de suerte acabará por ser costumbre. También leí un rato a Dostoyevski en el parque al sol.
Me gustaría escribir algo más interesante, a ver si mañana...
La vida transcurre con cierta normalidad. Hay días que acabo frustrado por el trabajo, otros días satisfecho y contento. Me ha preocupado un poco que creo que a veces me paso demasiado tiempo frente al ordenador, pendiente de cosas del trabajo, y acabo haciendo jornadas maratonianas. Luego, por otro lado, también pienso que siempre he dicho que aprecio esa flexibilidad, cuando hay que esforzarse lo haces y cuando no hay tanta actividad aprovechas para estar más desconectado.
El fin de semana fuimos por la costa, al suereste de Melbourne, y se agradecía el estar cerca del mar, fuera de la ciudad. A Australia le apetecía ir a una jornada de puertas abiertas de unas casas sostenibles que están haciendo en un pueblo y nos llevaron unos tíos suyos. Lo pasamos bien y fue agradable, aunque yo eché de menos que contasen un poco más de por qué era más o menos eficiente la orientación de las ventanas, los materiales, etc.
Fui a misa en Inverloch, en una iglesia que por fuera no lo parecía, y casi había más gente que en Melbourne. Cenamos unos buenos trozos de carne y las patatas de guarnición me decepcionaron.
Luego, ese domingo, volví a hacer paella. No me termina de convencer, pero supongo que la iré puliendo. Los materiales tampoco son los mejores.
Volví a ir a correr este martes, con un poco de suerte acabará por ser costumbre. También leí un rato a Dostoyevski en el parque al sol.
Me gustaría escribir algo más interesante, a ver si mañana...
12 de septiembre de 2019
Proud Mary
Leía ayer, y hoy pensaba en ello, en los tiempos pasados en los que no se iba en ropa deportiva por la calle, y en dar menos besos.
Escribo desde otro café, Proud Mary, con cierta reputación por sus bebidas. La cocina cerrada desde las tres, pero por suerte yo tenía interés en probar el café. La zona es industrial, o en realidad, era industrial y ahora ha sido reconvertida a residencial, pero manteniendo el aspecto. Veo pasar habitantes con cajitas en la mano, su comida take away.
Últimamente pienso en cosas, y a veces incluso pienso en escribir las cosas, pero luego no las escribo y finalmente caen en el olvido.
Ayer tuve un día complicado en el trabajo, problemas que solucionar y largo tiempo en tareas manuales. Hoy espero que sea más llevadero y pueda disfrutar algo de la noche de viernes.
He empezado hace un rato con Dostoyevski. Siberia, nombres rusos, se echaba de menos.
Nos vemos.
Escribo desde otro café, Proud Mary, con cierta reputación por sus bebidas. La cocina cerrada desde las tres, pero por suerte yo tenía interés en probar el café. La zona es industrial, o en realidad, era industrial y ahora ha sido reconvertida a residencial, pero manteniendo el aspecto. Veo pasar habitantes con cajitas en la mano, su comida take away.
Últimamente pienso en cosas, y a veces incluso pienso en escribir las cosas, pero luego no las escribo y finalmente caen en el olvido.
Ayer tuve un día complicado en el trabajo, problemas que solucionar y largo tiempo en tareas manuales. Hoy espero que sea más llevadero y pueda disfrutar algo de la noche de viernes.
He empezado hace un rato con Dostoyevski. Siberia, nombres rusos, se echaba de menos.
Nos vemos.
9 de septiembre de 2019
De tenis y Fante
La victoria de Nadal fue esta vez extraña. La agonía se alargó durante gran parte de la mañana. Siento como que en estos últimos tiempos, se ha convertido en una obligación para Rafa ganar estos partidos, y a su vez en misión imposible ganar a Djokovic y Federer. Quizá eso lo hace algo menos satisfactorio, o quizá después de 19 Grand Slams, aunque quieras negarlo, ya no es lo mismo que al principio, cuando todo parecía una gesta.
La mañana empezó a las seis, y aunque disputado, Nadal seguía más o menos su camino y cuando llegaban los momentos importantes, los puntos de los valientes, consiguió hacer los dos sets. Después, la pesadilla. Tras ver los dos primeros sets en mi portátil, subí a la televisión del salón, pero Rafa empezó a perder ante Medvedev, un ruso inexpresivo, estoico, absolutamente resiliente. Bajé de nuevo a mi cuarto, al portátil, al cobijo de la intimidad y oscuridad. Pensé en Yelena Isinbayeva y cómo se escudaba bajo una toalla o manta entre salto y salto, camino al oro o al récord mundial.
Recuerdo el quinto set como en las novelas de Dostoyevski, como una especie de sueño febril. Ganó Rafa, el alivio, las voces del padre de Australia anunciándolo y el intercambio de mensajes con Klinsmann.
El fin de semana también acabé Ask the dust, de John Fante. Lo empecé antes de toda la actividad de junio, así que cuando llegué aquí lo volví a empezar. Los primeros capítulos son excelentes, la manera de escribir la vida de Bandini en Los Ángeles incluso me provocaba envidia. Confieso que luego tuve cierto desengaño tras un giro importante de la historia, pero el final me pareció brillante.
Voy a leer al viejo Dostoyevski ahora, La casa de los muertos.
Quedamos con unos conocidos españoles del compañero de trabajo de Australia. Fue entretenido, y aunque me daba pereza antes de ir, me alegré después como ya presuponía. Normalmente tienes que hacer el esfuerzo y vender esa pereza para obtener las recompensas...
He estado paseando y descubriendo nuevas partes de la ciudad, aprovechando cuando el sol sale. He cocinado paella, tortillas francesas, preparado vermús. Ya tengo mi carné de conducir australiano. Es curioso porque cuando te lo sacas, te preguntan si lo quieres tres o diez años. Me lo saqué para tres (son distintos precios) porque diez me parecía ser muy optimista en un amplio rango de sentidos, no sé por qué. He recibido mis discos de Explosions In The Sky, por lo que ahora mi tocadiscos se ha convertido en un imprescindible, así que tendré que investigar en serio para comprarlo definitivamente. Hemos visto a una amiga de Australia, hemos tomado cafés. He comprado pan y me han regalado otra barra. He comprado dos libros de Dickens en una librería de viejo con un 40% de descuento en todo, porque, tristemente, va a ser otra librería de segunda mano que cierra. Comentaba el librero que el mundo ha cambiado mucho estos últimos diez años. Muchas pantallas para distraerse, libros digitales, poco espacio en las casas para guardar libros. Alquiler muy caro, barrio no muy interesado, cierre inminente.
Voy a intentar escribir a bastante gente que tengo apuntada, así que dejo ya esta entrada. A mi lado hay una pareja que ha debido conocerse por Internet. Ciertamente, ¡el mundo ha cambiado!
La mañana empezó a las seis, y aunque disputado, Nadal seguía más o menos su camino y cuando llegaban los momentos importantes, los puntos de los valientes, consiguió hacer los dos sets. Después, la pesadilla. Tras ver los dos primeros sets en mi portátil, subí a la televisión del salón, pero Rafa empezó a perder ante Medvedev, un ruso inexpresivo, estoico, absolutamente resiliente. Bajé de nuevo a mi cuarto, al portátil, al cobijo de la intimidad y oscuridad. Pensé en Yelena Isinbayeva y cómo se escudaba bajo una toalla o manta entre salto y salto, camino al oro o al récord mundial.
Recuerdo el quinto set como en las novelas de Dostoyevski, como una especie de sueño febril. Ganó Rafa, el alivio, las voces del padre de Australia anunciándolo y el intercambio de mensajes con Klinsmann.
El fin de semana también acabé Ask the dust, de John Fante. Lo empecé antes de toda la actividad de junio, así que cuando llegué aquí lo volví a empezar. Los primeros capítulos son excelentes, la manera de escribir la vida de Bandini en Los Ángeles incluso me provocaba envidia. Confieso que luego tuve cierto desengaño tras un giro importante de la historia, pero el final me pareció brillante.
Voy a leer al viejo Dostoyevski ahora, La casa de los muertos.
Quedamos con unos conocidos españoles del compañero de trabajo de Australia. Fue entretenido, y aunque me daba pereza antes de ir, me alegré después como ya presuponía. Normalmente tienes que hacer el esfuerzo y vender esa pereza para obtener las recompensas...
He estado paseando y descubriendo nuevas partes de la ciudad, aprovechando cuando el sol sale. He cocinado paella, tortillas francesas, preparado vermús. Ya tengo mi carné de conducir australiano. Es curioso porque cuando te lo sacas, te preguntan si lo quieres tres o diez años. Me lo saqué para tres (son distintos precios) porque diez me parecía ser muy optimista en un amplio rango de sentidos, no sé por qué. He recibido mis discos de Explosions In The Sky, por lo que ahora mi tocadiscos se ha convertido en un imprescindible, así que tendré que investigar en serio para comprarlo definitivamente. Hemos visto a una amiga de Australia, hemos tomado cafés. He comprado pan y me han regalado otra barra. He comprado dos libros de Dickens en una librería de viejo con un 40% de descuento en todo, porque, tristemente, va a ser otra librería de segunda mano que cierra. Comentaba el librero que el mundo ha cambiado mucho estos últimos diez años. Muchas pantallas para distraerse, libros digitales, poco espacio en las casas para guardar libros. Alquiler muy caro, barrio no muy interesado, cierre inminente.
Voy a intentar escribir a bastante gente que tengo apuntada, así que dejo ya esta entrada. A mi lado hay una pareja que ha debido conocerse por Internet. Ciertamente, ¡el mundo ha cambiado!
29 de agosto de 2019
Reflexiones de un jueves musical
Se nota que el verano, o por lo menos la temporada de vacaciones, va llegando a su fin en España, y se traslada al trabajo sin aviso previo ni consideración ninguna. Los días son ahora más intensos y más largos, lo cual por un lado hace recuperar cierta tensión e ilusión, pero por otro lado se echa en falta la tranquilidad y la libertad. Tampoco es tan malo como lo pinto, pero se nota.
Hoy cumplíamos dos meses desde la boda Australia y yo, así que aunque ayer estuve hasta tarde con los chilenos, lo hemos ido a celebrar con un café y un pequeño desayuno en DOC, el bar italiano donde la familia suele ir a diario para su café matinal. Me gusta el sitio porque, además de que el café está bueno, son italianos auténticos y cuando hablan entre ellos lo hacen en su idioma. Al acabar hemos aprovechado para comprar el pan allí, y aunque prometía mucho al tocarlo por primera vez, luego tampoco ha sido realmente especial. Estoy empezando a pensar que la teoría de Australia es cierta y las condiciones meteorológicas hacen que el pan se quede como chicloso. También influye bastante que muchas veces hacen lo que llaman sourdough, y he llegado a la conclusión de que no me gusta. Como capricho especial, hemos adquirido también una pequeña bosa de Pane di stelle, pero todavía no la hemos abierto.
Luego, ya en solitario, he ido a comprar café y a dar una vuelta aprovechando el sol, aunque jugueteaba y se escondía tras las nubes a menudo. Por el camino he visto una familia de patos, un árbol muy bonito cuando lo mirabas desde debajo, el famoso magnolia grandiflora que todos recordaremos de las lecciones de Agrónomos, y una señora me ha dicho que tenía muy buena pinta el pan y que me faltaba el queso para poder hacer un picnic en ese mismo momento.
He pasado el resto de la mañana en el rincón del gato que llama la familia, es decir, la parte del salón donde da el sol y se está a gusto. Un rato incluso he salido a la terraza y he estado leyendo a Fante.
He comprado un pimiento en el supermercado puesto que lo necesitaba para hacer patatas a la riojana. No han quedado mal, aunque creo que quizá hacía falta más chorizo, y probablemente más patata, aunque siempre me ha sido difícil medir las cantidades y hacer raciones relativamente pequeñas.
Por la tarde me he escapado un rato y he tomado algo con Australia y su compañero de trabajo en una azotea cercana, alrededor de una estufa que daba calor o lo intentaba. Ha sido bonito y agradable, con el horizonte oscureciendo rápidamente y los rascacielos de Melbourne creando una silueta imposible.
El fin de semana estuvimos en Woodend organizando la fiesta de noviembre, para la que contamos ahora con una ayuda espectacular por parte de la prima de Australia. Sin duda, un alivio para mí. Estuvimos también a gusto, con la libertad dell no trabajar, y por fin pudiendo coincidir durante varias horas. El plato fuerte lo dio la Real ganando en los minutos finales, que pude ver en la pantalla grande de la casa, aunque el gol sería sobre las dos y media de la mañana y sólo lo pude celebrar como lo haría un Satrústegui mudo, con el puño en alto y alegría desmedida. Espectacular Oyarzábal por cierto, es un pillo.
Si el tiempo acompaña, es posible que mañana salga a correr, o al menos hacer algo de ejercicio para coger la costumbre.
Lo dejo aquí, nos vemos.
Hoy cumplíamos dos meses desde la boda Australia y yo, así que aunque ayer estuve hasta tarde con los chilenos, lo hemos ido a celebrar con un café y un pequeño desayuno en DOC, el bar italiano donde la familia suele ir a diario para su café matinal. Me gusta el sitio porque, además de que el café está bueno, son italianos auténticos y cuando hablan entre ellos lo hacen en su idioma. Al acabar hemos aprovechado para comprar el pan allí, y aunque prometía mucho al tocarlo por primera vez, luego tampoco ha sido realmente especial. Estoy empezando a pensar que la teoría de Australia es cierta y las condiciones meteorológicas hacen que el pan se quede como chicloso. También influye bastante que muchas veces hacen lo que llaman sourdough, y he llegado a la conclusión de que no me gusta. Como capricho especial, hemos adquirido también una pequeña bosa de Pane di stelle, pero todavía no la hemos abierto.
Luego, ya en solitario, he ido a comprar café y a dar una vuelta aprovechando el sol, aunque jugueteaba y se escondía tras las nubes a menudo. Por el camino he visto una familia de patos, un árbol muy bonito cuando lo mirabas desde debajo, el famoso magnolia grandiflora que todos recordaremos de las lecciones de Agrónomos, y una señora me ha dicho que tenía muy buena pinta el pan y que me faltaba el queso para poder hacer un picnic en ese mismo momento.
He pasado el resto de la mañana en el rincón del gato que llama la familia, es decir, la parte del salón donde da el sol y se está a gusto. Un rato incluso he salido a la terraza y he estado leyendo a Fante.
He comprado un pimiento en el supermercado puesto que lo necesitaba para hacer patatas a la riojana. No han quedado mal, aunque creo que quizá hacía falta más chorizo, y probablemente más patata, aunque siempre me ha sido difícil medir las cantidades y hacer raciones relativamente pequeñas.
Por la tarde me he escapado un rato y he tomado algo con Australia y su compañero de trabajo en una azotea cercana, alrededor de una estufa que daba calor o lo intentaba. Ha sido bonito y agradable, con el horizonte oscureciendo rápidamente y los rascacielos de Melbourne creando una silueta imposible.
El fin de semana estuvimos en Woodend organizando la fiesta de noviembre, para la que contamos ahora con una ayuda espectacular por parte de la prima de Australia. Sin duda, un alivio para mí. Estuvimos también a gusto, con la libertad dell no trabajar, y por fin pudiendo coincidir durante varias horas. El plato fuerte lo dio la Real ganando en los minutos finales, que pude ver en la pantalla grande de la casa, aunque el gol sería sobre las dos y media de la mañana y sólo lo pude celebrar como lo haría un Satrústegui mudo, con el puño en alto y alegría desmedida. Espectacular Oyarzábal por cierto, es un pillo.
Si el tiempo acompaña, es posible que mañana salga a correr, o al menos hacer algo de ejercicio para coger la costumbre.
Lo dejo aquí, nos vemos.
27 de agosto de 2019
Pedro
Pedro solía venir todas las noches, cuando ya la ciudad dormía, silenciosamente y de ser posible, sin que nadie notase que llegaba. Le gustan mucho los rincones, allí se sentía seguro y protegido. Había nacido en Melbourne, y tenía muchos hermanos y una familia grande a la que a veces se encontraba por la calle, en sus lugares preferidos.
Los fines de semana, le encantaba venir a ver a la Real cuando veía que el partido estaba en la pantalla grande. Su favorito era Illarramendi, aunque sabía que el mejor era Oyarzábal. Se ponía su pequeña camiseta blanquiazul y durante todo el partido estaba nervioso e inquieto.
Otra cosa que le privaba era el queso, aunque cuando había chorizo también daba buena cuenta del mismo. En realidad, tampoco era muy exquisito con la comida mientras fuese fácil y rápido.
A veces se paraba un momento a pensar y no entendía por qué habían aparecido unas cosas asquerosas en las esquinas. También se sorprendió cuando vio aquellas trampas de las que le había hablado su madre, y le daba mucha rabia que tuviesen un trocito de queso en medio sin que él pudiese comérselo. Había días que ya no se acercaba a la casa porque ya no se sentía tan a gusto, no se sentía bienvenido y, ¡ni siquiera había pan!
Tenía una cola larga y se movía deprisa por los sitios en los que sabía que no molestaba. Había pensado en mudarse desde que habían empezado a pasar todas esas cosas, y se decidió cuando vio el cartel en el que ponía "Don't feed the mice".
Aun así, algunas veces, cuando ya no había nadie, se acercaba para hacer su pasatiempo favorito, contemplar unos minutos su dibujo, que habían pintado al lado del cartel.
Pedro, el ratoncito.
Los fines de semana, le encantaba venir a ver a la Real cuando veía que el partido estaba en la pantalla grande. Su favorito era Illarramendi, aunque sabía que el mejor era Oyarzábal. Se ponía su pequeña camiseta blanquiazul y durante todo el partido estaba nervioso e inquieto.
Otra cosa que le privaba era el queso, aunque cuando había chorizo también daba buena cuenta del mismo. En realidad, tampoco era muy exquisito con la comida mientras fuese fácil y rápido.
A veces se paraba un momento a pensar y no entendía por qué habían aparecido unas cosas asquerosas en las esquinas. También se sorprendió cuando vio aquellas trampas de las que le había hablado su madre, y le daba mucha rabia que tuviesen un trocito de queso en medio sin que él pudiese comérselo. Había días que ya no se acercaba a la casa porque ya no se sentía tan a gusto, no se sentía bienvenido y, ¡ni siquiera había pan!
Tenía una cola larga y se movía deprisa por los sitios en los que sabía que no molestaba. Había pensado en mudarse desde que habían empezado a pasar todas esas cosas, y se decidió cuando vio el cartel en el que ponía "Don't feed the mice".
Aun así, algunas veces, cuando ya no había nadie, se acercaba para hacer su pasatiempo favorito, contemplar unos minutos su dibujo, que habían pintado al lado del cartel.
Pedro, el ratoncito.
19 de agosto de 2019
All you need is Rough
Las famosas cajas ya están desembaladas y todo el contenido está esparcido por las estanterías, armarios y por la casa en general. El sábado ocupamos parte del día en dejar todo recogido, y aprovechamos unas sábanas portuguesas que venían en uno de los paquetes para darle un nuevo toque a la habitación.
Por la noche fuimos a cenar a un tailandés, uno de esos sitios donde sólo puedo ir con Australia porque si no ni sabría qué pedir. La verdad es que suele acertar y tuvimos una noche agradable, intentando averiguar cómo mejorar en el trabajo y en la vida, con una bebida tailandesa de coco, un curry verde y unos noodles planos con verduras. Por el camino vimos algunos possum en el parque, algo que siempre me alegra, aunque cuando se empiezan a acercar siento una especie de mezcla de ilusión y miedo.
El domingo me acerqué a St. Patrick's a las 09:30 para ir a misa y en la fila de delante había una chica que decidí que era italiana. Por la tarde fuimos con los abonos de la familia de Australia a ver a su equipo de fútbol australiano, Hawthorn. Nunca había venido en invierno, así que es la primera vez que coincido con la temporada de fútbol australiano. La verdad es que después de ver ratos en la tele más o menos ya entiendo cómo funciona, y estuvo divertido tener la experiencia. Lo mejor fue que un jugador del equipo se retiraba después de ese partido, y como el rival era flojo, el encuentro se convirtió un poco en un homenaje al que yo contribuí gustoso ya que se trataba de un One Club Man. Luego el padre de Australia nos contaba que, hace años, algún grupo de achispados en el estadio, solían cantarle a este jugador "All you need is Rough, Rough is all you need".
Por la noche hicimos merluza en salsa verde, aunque como aquí no hay merluza, compro «blue grenadier» que da bastante buen resultado, y que por cierto, curiosamente, resulta ser bastante barato. Para prepararlo seguí la receta de mi padre, aunque innovando un poco con las patatas. Creo que salió bastante bien y me alegran esas ocasiones en las que reconozco en el plato un sabor que identifico con mi padre. Próximamente paella, croquetas, o incluso igual me animo a pimientos rellenos.
Hoy por la mañana he estado tratando de organizarme, investigando lo que me quedaba de listado de icex sobre empresas España-Australia y he conseguido hacer un ratito de curso. Me he dado una vuelta por la calle, pero he vuelto rápido puesto que estaba haciendo sol y lloviendo indistintamente. Me he hecho un poco de pasta para comer y he trabajado por la tarde, perezoso, pero a ratos efectivo.
Como ya me siento mejor, espero en breve poder hacer algo de deporte. Quizá intente crearme algún tipo de horario orientativo para todas las cosas que digo que debería hacer y que luego se diluyen en las profundidades del internet.
Mañana intentaré escribir un breve relato sobre un extraño visitante, Pedro.
Un abrazo.
Hoy por la mañana he estado tratando de organizarme, investigando lo que me quedaba de listado de icex sobre empresas España-Australia y he conseguido hacer un ratito de curso. Me he dado una vuelta por la calle, pero he vuelto rápido puesto que estaba haciendo sol y lloviendo indistintamente. Me he hecho un poco de pasta para comer y he trabajado por la tarde, perezoso, pero a ratos efectivo.
Como ya me siento mejor, espero en breve poder hacer algo de deporte. Quizá intente crearme algún tipo de horario orientativo para todas las cosas que digo que debería hacer y que luego se diluyen en las profundidades del internet.
Mañana intentaré escribir un breve relato sobre un extraño visitante, Pedro.
Un abrazo.
15 de agosto de 2019
Los impuestos y el alcohol
Llueve, así que me resguardo una vez más en un café, tras acabar el recado del médico, de camino de vuelta a casa. Tras el festivo de ayer, hoy vuelve a tocar trabajar, en el día que más duro se hace por ser viernes por la tarde.
Ayer salimos a tomar algo aprovechando, y acabamos en un sitio cerca de casa tomando una fondue de varios quesos fundidos en los que metes trocitos de pan en un largo palillo de madera. Lo acompañé de una copa de vino que costaba la friolera de 14 dólares australianos, y eso que era de los más baratos. No hay otra que hacerse a la idea, es así.
Había bastante ambiente en el trozo de calle que visitamos, y las terrazas de los locales están llenas aunque sea invierno, prácticamente en todas partes tienen los típicos calefactores, y, aunque no los tuviesen, creo que estarían llenas igual. Me llama la atención porque creo que en Madrid no es tan común, aunque se está extendiendo. Lo que pensaba también es que nosotros estamos de pie dentro del bar sin problema y aquí absolutamente nadie está de pie, son todo mesas.
Compré también algunas cervezas para tener en casa. Aquí en los supermercados no venden alcohol, así que tienes que irte a una «bottle shop» que llaman ellos. Suelo aprovechar y coger alguna oferta, y así vas probando. Otra cosa curiosa es que en esas tiendas suelen tener cajas de cartón de lo que han ido sacando y poniendo a la venta, y las usas de bolsa para llevarte lo que compras.
Sigo avanzando con Fante, todavía no he llegado a donde alcancé la última vez. Ayer le leía trozos a Australia de los que me gustan, cuando se pone en un mismo párrafo a contraponer ideas del estilo soy el mejor escritor del mundo, y en la siguiente frase, a quién pretendo engañar, soy un escritor sin talento y terrible.
Fuera sigue lloviendo, ahora ya poco. Voy a ir recogiendo.
Ayer salimos a tomar algo aprovechando, y acabamos en un sitio cerca de casa tomando una fondue de varios quesos fundidos en los que metes trocitos de pan en un largo palillo de madera. Lo acompañé de una copa de vino que costaba la friolera de 14 dólares australianos, y eso que era de los más baratos. No hay otra que hacerse a la idea, es así.
Había bastante ambiente en el trozo de calle que visitamos, y las terrazas de los locales están llenas aunque sea invierno, prácticamente en todas partes tienen los típicos calefactores, y, aunque no los tuviesen, creo que estarían llenas igual. Me llama la atención porque creo que en Madrid no es tan común, aunque se está extendiendo. Lo que pensaba también es que nosotros estamos de pie dentro del bar sin problema y aquí absolutamente nadie está de pie, son todo mesas.
Compré también algunas cervezas para tener en casa. Aquí en los supermercados no venden alcohol, así que tienes que irte a una «bottle shop» que llaman ellos. Suelo aprovechar y coger alguna oferta, y así vas probando. Otra cosa curiosa es que en esas tiendas suelen tener cajas de cartón de lo que han ido sacando y poniendo a la venta, y las usas de bolsa para llevarte lo que compras.
Sigo avanzando con Fante, todavía no he llegado a donde alcancé la última vez. Ayer le leía trozos a Australia de los que me gustan, cuando se pone en un mismo párrafo a contraponer ideas del estilo soy el mejor escritor del mundo, y en la siguiente frase, a quién pretendo engañar, soy un escritor sin talento y terrible.
Fuera sigue lloviendo, ahora ya poco. Voy a ir recogiendo.
14 de agosto de 2019
Velos
Buenas tardes, son ya las 15:26 y España amanece también. Muchos días me sorprende lo deprisa que pasa el tiempo y para cuando miro el reloj pienso, ¡si ya están despertando! Y efectivamente, muchas veces en el trabajo se nota ya actividad y movimiento. Supongo que se hace más corto también porque hablas con la gente que más tarde se acuesta y seguidamente con los que más temprano se despiertan.
Hoy es también festivo para mí, ya que al serlo en España mi jefe también me lo da a mí, así que he aprovechado para ir a St. Patrick's a la una para la Asunción. Sorprendentemente, había bastante gente. Después me he dado una vuelta por los Fitzroy Gardens, y ahora estoy comiendo. Supongo que no debería gastar tanto en comidas, aunque son un poco situaciones especiales y así me doy una vuelta y escribo un rato.
Hoy he hecho un rato de curso, algún papeleo, y luego la vuelta que he comentado. Ahora me propongo volver por algún sitio nuevo y leer un rato.
Sin más, ¡nos vemos pronto!
13 de agosto de 2019
Conservador
Buenos días.
O más bien, buenas tardes, porque son ya las 13:45 mientras tecleo estas líneas. Las nubes siguen escondiendo al sol en Melbourne y yo me pregunto si en Madrid también hay rachas de días así en invierno o si a eso se refieren con lo del sol en España. La temperatura tampoco es mala, los paseos matutinos son agradables y solamente un día hacía mucho frío en las manos y había que recurrir a los bolsillos.
Esta mañana he conseguido leer otro rato de Fante. Parece como si fuese un gran logro y debería ser una tontería, pero me cuesta mucho sacar ratos y no distraerme. Creo que los teléfonos móviles nos crean cierta ansiedad y estamos ya acostumbrados a cosas instantáneas sin esfuerzo. De cualquier manera, la verdad es que me gusta mucho el principio del libro, cómo cambia sin sentido y sin esfuerzo de tema, la manera de ser interesante escribiendo cosas mundanas. ¿Quizá nos gustan los libros en los que puedes identificarte fácilmente con el personaje?
Leía también con interés un texto que me pasaba un amigo.
"...sacrificio constante del interés nacional al interés de los partidos..."
"En 1842 escribía proféticamente: «La elección extendida a todo nos da el gobierno ejercido por las masas, el único que no es responsable y cuya tiranía no tiene límites porque se le llama ley»."
Estoy haciendo también un curso de redes por Internet con vistas a perfeccionar ciertas cosas que he visto que son importantes en mi trabajo. ¿Perfeccionar o simplemente aprender? La verdad es que hay varios temas que he visto interesantes, pero creo que de cara a una carrera profesional hay dos o tres que creo que puede merecer la pena invertir tiempo, y ahora que tengo las mañanas "libres", es un buen momento.
Ah, ayer dejé esta frase escrita para el blog, aunque no tenga conexión con lo hoy relatado. «Echo de menos cenar como un viejo en el Lomit's mientras José me contaba alguna historieta».
Bueno, por lo menos he escrito otro rato. Nos vemos.
O más bien, buenas tardes, porque son ya las 13:45 mientras tecleo estas líneas. Las nubes siguen escondiendo al sol en Melbourne y yo me pregunto si en Madrid también hay rachas de días así en invierno o si a eso se refieren con lo del sol en España. La temperatura tampoco es mala, los paseos matutinos son agradables y solamente un día hacía mucho frío en las manos y había que recurrir a los bolsillos.
Esta mañana he conseguido leer otro rato de Fante. Parece como si fuese un gran logro y debería ser una tontería, pero me cuesta mucho sacar ratos y no distraerme. Creo que los teléfonos móviles nos crean cierta ansiedad y estamos ya acostumbrados a cosas instantáneas sin esfuerzo. De cualquier manera, la verdad es que me gusta mucho el principio del libro, cómo cambia sin sentido y sin esfuerzo de tema, la manera de ser interesante escribiendo cosas mundanas. ¿Quizá nos gustan los libros en los que puedes identificarte fácilmente con el personaje?
Leía también con interés un texto que me pasaba un amigo.
"...sacrificio constante del interés nacional al interés de los partidos..."
"En 1842 escribía proféticamente: «La elección extendida a todo nos da el gobierno ejercido por las masas, el único que no es responsable y cuya tiranía no tiene límites porque se le llama ley»."
Estoy haciendo también un curso de redes por Internet con vistas a perfeccionar ciertas cosas que he visto que son importantes en mi trabajo. ¿Perfeccionar o simplemente aprender? La verdad es que hay varios temas que he visto interesantes, pero creo que de cara a una carrera profesional hay dos o tres que creo que puede merecer la pena invertir tiempo, y ahora que tengo las mañanas "libres", es un buen momento.
Ah, ayer dejé esta frase escrita para el blog, aunque no tenga conexión con lo hoy relatado. «Echo de menos cenar como un viejo en el Lomit's mientras José me contaba alguna historieta».
Bueno, por lo menos he escrito otro rato. Nos vemos.
12 de agosto de 2019
Weekend y más
Me vuelvo a obligar a sentarme un rato y escribir en lugar de perder miserablemente el tiempo navegando por Internet. Es un martes trece por la mañana, el cielo sigue absolutamente encapotado y la farola de enfrente de casa sigue encendida día y noche sin que nadie lo remedie. Australia está en Sídney por viaje de trabajo fugaz y su madre tampoco estaba, así que ayer fue una noche de chicos.
Mi recaída el lunes donde volví a estar enfermo hizo que la adaptación fuese algo más tardía, aunque ya me siento recuperado y los horarios de trabajo no se me hacen muy duros. Aun así, estoy intentando cuidarme mucho, beber agua en gran cantidad y de momento no salir a correr o en bicicleta.
El fin de semana fuimos a Woodend, donde vive parte de la familia de Australia, puesto que había una celebración de cumpleaños. Siempre vamos allí en Navidad y se sentía un poco como entonces, también había tres tipos de carne, mucha gente, y esta vez frío fuera, lluvia el sábado y nieve el domingo.
¡Me he venido a un café a seguir escribiendo! He aquí mis vistas.
El caso es que todo el tema del invierno me hizo reflexionar. A mí me gusta bastante el invierno, aunque no me gusta que oscurezca pronto, pero es la única parte. Pensando, me di cuenta de que el invierno en España conlleva siempre la Navidad, y esa es una parte muy importante y que me encanta. Aquí en cambio, eso no se da, es simplemente la estación sin la ilusión, las reuniones familiares, la comida, los Reyes Magos. ¿Cómo de importante será este factor en que me guste el invierno?
El domingo fuimos a un pub en Woodend para cantar. La gente va, se pide una cerveza y tres personas llevan la batuta mientras proyectan las letras y cantas. La canción principal fue Riptide de Vance Joy, lo cual fue afortunado porque me gusta. Yo me puse en el grupo de los low, que no sé si se traduce como grave, y a ratos pensaba que era mejor estar en otros grupos porque quizá era más aburrido poner todo el rato voz grave. Me gustó la terraza del segundo piso y me agradaba la idea de llevar a las visitas que vengan en noviembre allí.
Ayer por fin volví a leer. Fante, he vuelto a empezar. Me quedé muy trabado con todas las organizaciones, a ver si lo cojo con ganas otra vez. He hecho tortilla, alcachofas, garbanzos. Llevo puesta la cadena de mi Amama. He quitado las animaciones de mi móvil para que vaya rápido. Estoy probando nueva música española, no necesariamente actual. Las cajas llegaron sin aparentes daños, bien por DHL. A veces me viene la inspiración, pero enseguida se va. A veces me entienden y a veces no. Aquí los repartidores van en unas bicicletas eléctricas pequeñitas, son asiáticos y también parecen ir jugándose la vida. Encontré una iglesia donde poder ir a misa de ocho de la tarde, aunque sigo prefiriendo St. Patrick's. Hemos comprado Digestive, me recuerdan a Abu. El Nesquik en cambio no es lo mismo, probaré otras cosas. Estoy dando el salto de Evernote a OneNote por fin.
¡Me voy!
Mi recaída el lunes donde volví a estar enfermo hizo que la adaptación fuese algo más tardía, aunque ya me siento recuperado y los horarios de trabajo no se me hacen muy duros. Aun así, estoy intentando cuidarme mucho, beber agua en gran cantidad y de momento no salir a correr o en bicicleta.
El fin de semana fuimos a Woodend, donde vive parte de la familia de Australia, puesto que había una celebración de cumpleaños. Siempre vamos allí en Navidad y se sentía un poco como entonces, también había tres tipos de carne, mucha gente, y esta vez frío fuera, lluvia el sábado y nieve el domingo.
¡Me he venido a un café a seguir escribiendo! He aquí mis vistas.
El caso es que todo el tema del invierno me hizo reflexionar. A mí me gusta bastante el invierno, aunque no me gusta que oscurezca pronto, pero es la única parte. Pensando, me di cuenta de que el invierno en España conlleva siempre la Navidad, y esa es una parte muy importante y que me encanta. Aquí en cambio, eso no se da, es simplemente la estación sin la ilusión, las reuniones familiares, la comida, los Reyes Magos. ¿Cómo de importante será este factor en que me guste el invierno?
El domingo fuimos a un pub en Woodend para cantar. La gente va, se pide una cerveza y tres personas llevan la batuta mientras proyectan las letras y cantas. La canción principal fue Riptide de Vance Joy, lo cual fue afortunado porque me gusta. Yo me puse en el grupo de los low, que no sé si se traduce como grave, y a ratos pensaba que era mejor estar en otros grupos porque quizá era más aburrido poner todo el rato voz grave. Me gustó la terraza del segundo piso y me agradaba la idea de llevar a las visitas que vengan en noviembre allí.
Ayer por fin volví a leer. Fante, he vuelto a empezar. Me quedé muy trabado con todas las organizaciones, a ver si lo cojo con ganas otra vez. He hecho tortilla, alcachofas, garbanzos. Llevo puesta la cadena de mi Amama. He quitado las animaciones de mi móvil para que vaya rápido. Estoy probando nueva música española, no necesariamente actual. Las cajas llegaron sin aparentes daños, bien por DHL. A veces me viene la inspiración, pero enseguida se va. A veces me entienden y a veces no. Aquí los repartidores van en unas bicicletas eléctricas pequeñitas, son asiáticos y también parecen ir jugándose la vida. Encontré una iglesia donde poder ir a misa de ocho de la tarde, aunque sigo prefiriendo St. Patrick's. Hemos comprado Digestive, me recuerdan a Abu. El Nesquik en cambio no es lo mismo, probaré otras cosas. Estoy dando el salto de Evernote a OneNote por fin.
¡Me voy!
2 de agosto de 2019
Los primeros días
Aprovechando el famoso «jet-lag», que ha hecho que hoy me despertase sobre las seis, me obligo a ponerme a escribir al menos un rato. Quién sabe si así podré coger la dinámica.
Tras las intensas semanas pasadas, me subí al avión ya más relajado, con las cajas enviadas por DHL, las maletas facturadas con casi todo dentro y la mente y el corazón tan ajetreados que tampoco me daba tiempo a pararme un rato a asustarme, deprimirme o qué sé yo.
El viaje en avión fue bueno, se me hizo más bien corto, pude ver la nueva de Clint Eastwood, aproveché para ver Los Juegos del Hambre que nunca vi, y estuvimos despiertos todo el primer vuelo con vistas a dormir en el segundo. En un momento dado me desperté angustiado y desubicado, le mandé un par de mensajes a mi madre y me puse el segundo disco de Muse, que, aunque parezca mentira, me relaja en su apocalipsis.
El Uber desde el aeropuerto me frustró bastante puesto que estuvimos como una hora de viaje, lo que me parece mucho comparando con que en 24 horas puedes llegar hasta aquí. Aun así, estaba contento de poder meter nuestros siete bultos en un Uber normal. El conductor era un tipo curioso, de origen quizá indio, y tenía cierto nivel cultural histórico, aunque a la vez preguntaba algunas cosas obvias (para mí).
Finalmente llegamos a casa, deshicimos las maletas y organizamos las cosas en armarios, dispuse mis dispositivos en el «despacho» que nos han montado y colgamos el Chillida en la habitación para que pareciese un poco más nuestra casa.
Este par de días ha sido relajado, hemos podido ir a desayunar y tomé mis primeros huevos benedictinos, Australia me regaló una bici retro australiana super guay que ya he podido probar e incluso ayer cocinamos garbanzos para cenar aprovechando que es invierno, frío y oscuro.
El trabajo me está costando un poco, pero creo que en no mucho tiempo estaré más acostumbrado a los horarios.
Sigo a vueltas con empezar a «instagramear», creo que debería empezar con cualquier tontería y ya quitarme esa barrera de vergüenza y pereza.
Ya tengo tarjeta de teléfono australiana, con muchos datos y llamadas a España incluidas. Estoy intentando organizar mis tareas de alguna manera, tanto las personales como las de trabajo. Tenemos una manta de Ezcaray naranja en la cama que me da dos tipos de calidez. Estamos probando distintas barras de pan en distintos establecimientos para ver cuál es la mejor en relación calidad/precio.
Bueno, aquí lo dejo de momento, nos vamos viendo.
Tras las intensas semanas pasadas, me subí al avión ya más relajado, con las cajas enviadas por DHL, las maletas facturadas con casi todo dentro y la mente y el corazón tan ajetreados que tampoco me daba tiempo a pararme un rato a asustarme, deprimirme o qué sé yo.
El viaje en avión fue bueno, se me hizo más bien corto, pude ver la nueva de Clint Eastwood, aproveché para ver Los Juegos del Hambre que nunca vi, y estuvimos despiertos todo el primer vuelo con vistas a dormir en el segundo. En un momento dado me desperté angustiado y desubicado, le mandé un par de mensajes a mi madre y me puse el segundo disco de Muse, que, aunque parezca mentira, me relaja en su apocalipsis.
El Uber desde el aeropuerto me frustró bastante puesto que estuvimos como una hora de viaje, lo que me parece mucho comparando con que en 24 horas puedes llegar hasta aquí. Aun así, estaba contento de poder meter nuestros siete bultos en un Uber normal. El conductor era un tipo curioso, de origen quizá indio, y tenía cierto nivel cultural histórico, aunque a la vez preguntaba algunas cosas obvias (para mí).
Finalmente llegamos a casa, deshicimos las maletas y organizamos las cosas en armarios, dispuse mis dispositivos en el «despacho» que nos han montado y colgamos el Chillida en la habitación para que pareciese un poco más nuestra casa.
Este par de días ha sido relajado, hemos podido ir a desayunar y tomé mis primeros huevos benedictinos, Australia me regaló una bici retro australiana super guay que ya he podido probar e incluso ayer cocinamos garbanzos para cenar aprovechando que es invierno, frío y oscuro.
El trabajo me está costando un poco, pero creo que en no mucho tiempo estaré más acostumbrado a los horarios.
Sigo a vueltas con empezar a «instagramear», creo que debería empezar con cualquier tontería y ya quitarme esa barrera de vergüenza y pereza.
Ya tengo tarjeta de teléfono australiana, con muchos datos y llamadas a España incluidas. Estoy intentando organizar mis tareas de alguna manera, tanto las personales como las de trabajo. Tenemos una manta de Ezcaray naranja en la cama que me da dos tipos de calidez. Estamos probando distintas barras de pan en distintos establecimientos para ver cuál es la mejor en relación calidad/precio.
Bueno, aquí lo dejo de momento, nos vamos viendo.
29 de enero de 2019
Baratos y clásicos
Una semana más, un café más en una mañana calurosa de recogida de papeles. El hombre amable estaba hoy en información atendiendo a las preguntas. Durante mi espera, pude ver a otra empleada siendo muy amable pero de manera más falsa, o por lo menos, más forzada. Es esta una actitud a la que estoy más acostumbrado. A mí me atiende un tercer empleado con el que tampoco interactúo demasiado.
Melbourne sale a las soleadas calles sobre las doce y media en busca de un trocito de hierba donde comer el emparedado, burrito o ensalada que han comprado. Muchos lo hacen solos, otros van en grupos de colegas de trabajo. También es mayoría la gente con tarjetas de la empresa colgadas al cuello. Siempre he pensado que nos convierte un poco en ganado. Por eso la llevo en el bolsillo del pantalón, aunque Espinosa me llame punky por ello.
Por la tarde me acerco al centro de la ciudad y hago algunas compras. Algún regalo fácil y otros que encuentro mientras busco las otras cosas. Veo una librería con todos los libros a siete dólares y entro. Tienen una estantería definida como «Classics», eso me gusta. Me compro dos de Kerouac y sigo mi camino. En realidad mi objetivo era comprar alguno de los compañeros de Jack, miembros de la generación beat, pero no tienen ninguno.
Camino por las calles y pulso el botón del semáforo en cada esquina. Quedo con Australia cuando sale del trabajo y tomamos unos dumplings que no le gustan en Chinatown. Volvemos a casa y cenamos y hablamos de mi abuelo Juan y las historias de su vida.
Melbourne sale a las soleadas calles sobre las doce y media en busca de un trocito de hierba donde comer el emparedado, burrito o ensalada que han comprado. Muchos lo hacen solos, otros van en grupos de colegas de trabajo. También es mayoría la gente con tarjetas de la empresa colgadas al cuello. Siempre he pensado que nos convierte un poco en ganado. Por eso la llevo en el bolsillo del pantalón, aunque Espinosa me llame punky por ello.
Por la tarde me acerco al centro de la ciudad y hago algunas compras. Algún regalo fácil y otros que encuentro mientras busco las otras cosas. Veo una librería con todos los libros a siete dólares y entro. Tienen una estantería definida como «Classics», eso me gusta. Me compro dos de Kerouac y sigo mi camino. En realidad mi objetivo era comprar alguno de los compañeros de Jack, miembros de la generación beat, pero no tienen ninguno.
Camino por las calles y pulso el botón del semáforo en cada esquina. Quedo con Australia cuando sale del trabajo y tomamos unos dumplings que no le gustan en Chinatown. Volvemos a casa y cenamos y hablamos de mi abuelo Juan y las historias de su vida.
27 de enero de 2019
Verdades
La terrible y triste derrota de Nadal en la final del Abierto de Australia tiene un devastador efecto en mi estado de ánimo. Todos los aussies lo notan y me preguntan si estoy bien, Australia me acaricia el hombro y me susurra <<sorry>>, y el resto trata de animar a Rafa y por consiguiente también a mí. Jamás había visto a Nadal perder así y por ello estoy tan sorprendido y sin palabras. Viví desoladoras derrotas, contra Federer en Wimbledon cuando pensaba que nunca volvería esa oportunidad, o contra el propio Djokovic en esta misma cancha, pero siempre con posibilidades. Aun así, me sorprende que creo hasta el final.
Pasamos la noche en Castlemaine, en una casa de campo rodeada de eucaliptos, donde hemos visto canguros desde la ventana de la cocina. El jardín tiene árboles frutales cubiertos por mallas, dos gallinas que hoy no habían puesto ningún huevo. Cerca hay un pantano donde todos van a nadar. Huw nos hace pollo con arroz al azafrán para cenar y Eva había comprado una botella de vino blanco para acompañarlo. Ahora los australianos apuran sus tazas de té mientras yo escribo en la encimera de la cocina.
Por la mañana me llevaron a misa, a las diez y media, donde el cura me saludó al entrar. Durante el sermón habla del día de Australia, que se ha convertido en una gran controversia aquí por el tema de los aborígenes, y un buen rato pienso si eso es lo que debe tratar de enseñarnos o si debería hablarnos de nuestra fe, nuestra espiritualidad, y como ser buenos cristianos en la sociedad actual. Quizá lo que él comentaba nos hace mejores. Hacia el final del sermón menciona el lema <<Truth will set you free>>.
Después tomamos un café, muy rico como casi siempre en estas latitudes, en un local con ambientación alemana, y yo tomo un bagel con aguacate y queso bastante bueno. Paseamos por el jardín botánico y Huw nos cuenta alguna cosa sobre los árboles, y yo le cuento sobre los arbolitos de la Patagonia, las secuoyas de Estados Unidos y los alerces milenarios de Chile.
El tiempo en Australia de este viaje va llegando a su fin y a veces todo me parece que se vuelve un poco dramático, o quizá sea solamente el amargo final de dos semanas de tenis que parecían perfectas. Leo unas cuantas páginas de Hemingway, París era una fiesta, que salvo de la purga hacia una op-shop.
Me inspira, en el borde de la contraportada, <<All you have to do is write one sentence. Write the truest sentence that you know>>. (Todo lo que tienes que hacer es escribir una frase verdadera. Escribe la mayor verdad que sepas). Echo de menos al tío Toni, esa es la verdad.
Pasamos la noche en Castlemaine, en una casa de campo rodeada de eucaliptos, donde hemos visto canguros desde la ventana de la cocina. El jardín tiene árboles frutales cubiertos por mallas, dos gallinas que hoy no habían puesto ningún huevo. Cerca hay un pantano donde todos van a nadar. Huw nos hace pollo con arroz al azafrán para cenar y Eva había comprado una botella de vino blanco para acompañarlo. Ahora los australianos apuran sus tazas de té mientras yo escribo en la encimera de la cocina.
Por la mañana me llevaron a misa, a las diez y media, donde el cura me saludó al entrar. Durante el sermón habla del día de Australia, que se ha convertido en una gran controversia aquí por el tema de los aborígenes, y un buen rato pienso si eso es lo que debe tratar de enseñarnos o si debería hablarnos de nuestra fe, nuestra espiritualidad, y como ser buenos cristianos en la sociedad actual. Quizá lo que él comentaba nos hace mejores. Hacia el final del sermón menciona el lema <<Truth will set you free>>.
Después tomamos un café, muy rico como casi siempre en estas latitudes, en un local con ambientación alemana, y yo tomo un bagel con aguacate y queso bastante bueno. Paseamos por el jardín botánico y Huw nos cuenta alguna cosa sobre los árboles, y yo le cuento sobre los arbolitos de la Patagonia, las secuoyas de Estados Unidos y los alerces milenarios de Chile.
El tiempo en Australia de este viaje va llegando a su fin y a veces todo me parece que se vuelve un poco dramático, o quizá sea solamente el amargo final de dos semanas de tenis que parecían perfectas. Leo unas cuantas páginas de Hemingway, París era una fiesta, que salvo de la purga hacia una op-shop.
Me inspira, en el borde de la contraportada, <<All you have to do is write one sentence. Write the truest sentence that you know>>. (Todo lo que tienes que hacer es escribir una frase verdadera. Escribe la mayor verdad que sepas). Echo de menos al tío Toni, esa es la verdad.
25 de enero de 2019
Líneas del viernes ardiente
Melbourne es un auténtico infierno, absolutamente desierto, con el asfalto cociendo a los pocos atrevidos que salen a los 45 grados de sensación térmica. Como si Nadal hubiese arrasado no sólo a Tsitsipas en las semifinales, si no también al resto de la población, de la ciudad. Los pájaros también se esconden como pueden bajo las sombras, y muchos tienen el pico completamente abierto y no se mueven del sitio aunque pases cerca.
Me refugio en un café donde pido una vez más un iced-coffee, con helado, y eggs benedict, que esta vez vienen sobre hashbrowns en vez de pan. Me acompañan todo tipo de solitarios que almuerzan, entretenidos con dispositivos, periódicos o llamadas.
Por la mañana visité con Australia la oficina de pasaportes, donde un muy amable epleado nos atendió para nuestra solicitud de certificados y apostillas de la Haya. En la ventanilla, en cada ventanilla, había un cartel en el que rogaban un buen comportamiento y aseguraban que hacían el mejor trabajo posible. Tras acabar todo el papeleo, en el que el único inconveniente fue compulsar mi pasaporte, lo cual pude hacer en una farmacia del mismo edificio, me preguntaba si había sido tan sencillo por los 349 dólares que habíamos pagado.
Paso el resto del día, tras la aventura y experiencia en la bici, bajo la protección del aire condicionado de casa. Por la tarde hay visita de un tío de Australia, que se pasan por casa y de paso la felicitan por su cumpleaños. Por la noche cenamos con toda la familia, y la grata sorpresa es que refresca, muy adecuado teniendo en cuenta que además cenamos curry. Cerramos la noche en casa de su hermana, yo tomo chocolate caliente y casi todo el resto té, mientras en la noche de Melbourne reluce el estadio de las carreras de caballos.
Me refugio en un café donde pido una vez más un iced-coffee, con helado, y eggs benedict, que esta vez vienen sobre hashbrowns en vez de pan. Me acompañan todo tipo de solitarios que almuerzan, entretenidos con dispositivos, periódicos o llamadas.
Por la mañana visité con Australia la oficina de pasaportes, donde un muy amable epleado nos atendió para nuestra solicitud de certificados y apostillas de la Haya. En la ventanilla, en cada ventanilla, había un cartel en el que rogaban un buen comportamiento y aseguraban que hacían el mejor trabajo posible. Tras acabar todo el papeleo, en el que el único inconveniente fue compulsar mi pasaporte, lo cual pude hacer en una farmacia del mismo edificio, me preguntaba si había sido tan sencillo por los 349 dólares que habíamos pagado.
Paso el resto del día, tras la aventura y experiencia en la bici, bajo la protección del aire condicionado de casa. Por la tarde hay visita de un tío de Australia, que se pasan por casa y de paso la felicitan por su cumpleaños. Por la noche cenamos con toda la familia, y la grata sorpresa es que refresca, muy adecuado teniendo en cuenta que además cenamos curry. Cerramos la noche en casa de su hermana, yo tomo chocolate caliente y casi todo el resto té, mientras en la noche de Melbourne reluce el estadio de las carreras de caballos.
24 de enero de 2019
Garabatos del jueves
Me introduzco en un café de moda de Melbourne (¿aquí cual no lo es?). Es un día caluroso y las calles, como dijo Quique González años atrás, están desiertas, no hay nadie que se atreva a salir. Escribo frente a clásico vaso y botella de agua, lo primero que te trae el camarero en cuanto te sientas, y un ice-coffee con su bola de helado. Las paredes de ladrillo sucio, como con pintura mal quitada (pero a propósito), vigas descubiertas y delantales de los camareros dan un aire industrial. Por la mañana, tras los habituales ejercicios, cruzo el parque de Carlton hacia las oficinas, buscando las sombras de los gigantescos plátanos, magnolias, robles y eucaliptos. Ni rastro de possums a esta hora del día, sólo algunos pajaritos myna. Uno de ellos bebe de un minúsculo charco formado al borde de la carretera, donde ésta acaba y empieza el bordillo.
La oficinas del obispado no son plenamente satisfactorias. Una vez más, no consigo pasar de recepción, aunque me ponen al teléfono con la persona experta. El momento cumbre llega cuando ella me afirma que si no vivimos aquí ellos no pueden firmar nada, y que debe hacerlo España. ¿Cómo va a firmar España su certificado de bautismo si ni saben que se bautizó? Al final me dice que el «cura local» lo podrá hacer, pero esto sigue pareciéndome una huida. Ese momento es curioso, ya que los australianos son extremadamente educados y correctos, aunque lo que estén haciendo sea por ejemplo echarte de un lugar, pero yo ya estoy desquiciado y lo que dice no tiene ningún sentido.
A la salida, una familia de turistas observa el edificio del que salgo, que tiene un aire a Partenón, como tratando de discernir si es algo importante o relevante. Lo hacen también con el siguiente, la sinagoga, pero en seguida ven en la acera de enfrente el parque con la fuente-ducha, y se olvidan hasta de las reglas de circulación para cruzar la calle.
Me paseo por las calles y callejones, reservo mesa en un restaurante para la semana que viene y compro algunos regalos en una tienda de recuerdos de Melbourne. La señora que me atiende me habla de su visita a España, Sevilla, Madrid y Barcelona. Ella estuvo allí antes de las Olimpiadas y coincidimos en lo mucho que la ciudad habrá cambiado, y me cuenta que visitaba los jardines de Gaudí prácticamente sola.
La oficinas del obispado no son plenamente satisfactorias. Una vez más, no consigo pasar de recepción, aunque me ponen al teléfono con la persona experta. El momento cumbre llega cuando ella me afirma que si no vivimos aquí ellos no pueden firmar nada, y que debe hacerlo España. ¿Cómo va a firmar España su certificado de bautismo si ni saben que se bautizó? Al final me dice que el «cura local» lo podrá hacer, pero esto sigue pareciéndome una huida. Ese momento es curioso, ya que los australianos son extremadamente educados y correctos, aunque lo que estén haciendo sea por ejemplo echarte de un lugar, pero yo ya estoy desquiciado y lo que dice no tiene ningún sentido.
A la salida, una familia de turistas observa el edificio del que salgo, que tiene un aire a Partenón, como tratando de discernir si es algo importante o relevante. Lo hacen también con el siguiente, la sinagoga, pero en seguida ven en la acera de enfrente el parque con la fuente-ducha, y se olvidan hasta de las reglas de circulación para cruzar la calle.
Me paseo por las calles y callejones, reservo mesa en un restaurante para la semana que viene y compro algunos regalos en una tienda de recuerdos de Melbourne. La señora que me atiende me habla de su visita a España, Sevilla, Madrid y Barcelona. Ella estuvo allí antes de las Olimpiadas y coincidimos en lo mucho que la ciudad habrá cambiado, y me cuenta que visitaba los jardines de Gaudí prácticamente sola.
20 de enero de 2019
Kendall el mormón
Kendall pasaba los días paseando por las calles de Melbourne, sin destino fijo. Era mormón, y estaba haciendo un voluntariado que debía durar dos años y que le llevaría a distintos puntos de Australia para tratar de dar su mensaje a la gente. Pese a que era un joven respetuoso, como él mismo admitiría, en Australia la gente era amable pero poco religiosa, por lo que su divagar solía producirse entre noes.
Uno de esos días, Kendall empezó a hablar con un joven que leía en la hierba. Le preguntó qué conocía sobre los mormones y el joven respondía amablemente a sus preguntas. Le contó algunas de las cosas básicas, y que él lo había aprendido mientras estaba en Las Vegas. Kendall hablaba con seguridad y planteaba las cosas como si se las explicase a un niño, como haciendo entender que en realidad no era tan difícil de comprender y que aquello era la verdad. Pero, en el fondo, él también era una persona normal, y no esperaba que en esa conversación le hiciesen dudar tanto o le preguntasen cosas que le dejasen sin una respuesta fácil. Cuando quiso explicar que era muy conveniente que Dios hubiese enviado a otro profeta para mantener su mensaje, no se esperaba la respuesta de que esa labor ya la hacía la Iglesia que el mismo Jesús había fundado hace dos mil años. Y tampoco pudo dar una respuesta muy convincente a las preguntas sobre María u otras religiones con otros profetas. Para colmo, no consiguió que el joven se quedase en el libro del mormón que quería regalarle, aunque seguramente era comprensible que nadie quisiese cambiar su fe tras una conversación informal, aunque profunda, de apenas un cuarto de hora.
Quizá Kendall esté ahora en Tasmania, en otro parque, vestido con su camisa y corbata y su libro entre las manos. O quizá todavía esté por Melbourne pensando en volver con su familia a Utah o Tejas y contarles la historia del parque de Australia.
Uno de esos días, Kendall empezó a hablar con un joven que leía en la hierba. Le preguntó qué conocía sobre los mormones y el joven respondía amablemente a sus preguntas. Le contó algunas de las cosas básicas, y que él lo había aprendido mientras estaba en Las Vegas. Kendall hablaba con seguridad y planteaba las cosas como si se las explicase a un niño, como haciendo entender que en realidad no era tan difícil de comprender y que aquello era la verdad. Pero, en el fondo, él también era una persona normal, y no esperaba que en esa conversación le hiciesen dudar tanto o le preguntasen cosas que le dejasen sin una respuesta fácil. Cuando quiso explicar que era muy conveniente que Dios hubiese enviado a otro profeta para mantener su mensaje, no se esperaba la respuesta de que esa labor ya la hacía la Iglesia que el mismo Jesús había fundado hace dos mil años. Y tampoco pudo dar una respuesta muy convincente a las preguntas sobre María u otras religiones con otros profetas. Para colmo, no consiguió que el joven se quedase en el libro del mormón que quería regalarle, aunque seguramente era comprensible que nadie quisiese cambiar su fe tras una conversación informal, aunque profunda, de apenas un cuarto de hora.
Quizá Kendall esté ahora en Tasmania, en otro parque, vestido con su camisa y corbata y su libro entre las manos. O quizá todavía esté por Melbourne pensando en volver con su familia a Utah o Tejas y contarles la historia del parque de Australia.
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