18 de septiembre de 2019

Inverloch

Hace tiempo que no voy a un café con el ordenador, y creo que ya cogí la costumbre y en casa no me sale, o no me surge la idea.

La vida transcurre con cierta normalidad. Hay días que acabo frustrado por el trabajo, otros días satisfecho y contento. Me ha preocupado un poco que creo que a veces me paso demasiado tiempo frente al ordenador, pendiente de cosas del trabajo, y acabo haciendo jornadas maratonianas. Luego, por otro lado, también pienso que siempre he dicho que aprecio esa flexibilidad, cuando hay que esforzarse lo haces y cuando no hay tanta actividad aprovechas para estar más desconectado.

El fin de semana fuimos por la costa, al suereste de Melbourne, y se agradecía el estar cerca del mar, fuera de la ciudad. A Australia le apetecía ir a una jornada de puertas abiertas de unas casas sostenibles que están haciendo en un pueblo y nos llevaron unos tíos suyos. Lo pasamos bien y fue agradable, aunque yo eché de menos que contasen un poco más de por qué era más o menos eficiente la orientación de las ventanas, los materiales, etc.
Fui a misa en Inverloch, en una iglesia que por fuera no lo parecía, y casi había más gente que en Melbourne. Cenamos unos buenos trozos de carne y las patatas de guarnición me decepcionaron.

Luego, ese domingo, volví a hacer paella. No me termina de convencer, pero supongo que la iré puliendo. Los materiales tampoco son los mejores.

Volví a ir a correr este martes, con un poco de suerte acabará por ser costumbre. También leí un rato a Dostoyevski en el parque al sol.

Me gustaría escribir algo más interesante, a ver si mañana...

12 de septiembre de 2019

Proud Mary

Leía ayer, y hoy pensaba en ello, en los tiempos pasados en los que no se iba en ropa deportiva por la calle, y en dar menos besos.

Escribo desde otro café, Proud Mary, con cierta reputación por sus bebidas. La cocina cerrada desde las tres, pero por suerte yo tenía interés en probar el café. La zona es industrial, o en realidad, era industrial y ahora ha sido reconvertida a residencial, pero manteniendo el aspecto. Veo pasar habitantes con cajitas en la mano, su comida take away.

Últimamente pienso en cosas, y a veces incluso pienso en escribir las cosas, pero luego no las escribo y finalmente caen en el olvido.

Ayer tuve un día complicado en el trabajo, problemas que solucionar y largo tiempo en tareas manuales. Hoy espero que sea más llevadero y pueda disfrutar algo de la noche de viernes.

He empezado hace un rato con Dostoyevski. Siberia, nombres rusos, se echaba de menos.

Nos vemos.

9 de septiembre de 2019

De tenis y Fante

La victoria de Nadal fue esta vez extraña. La agonía se alargó durante gran parte de la mañana. Siento como que en estos últimos tiempos, se ha convertido en una obligación para Rafa ganar estos partidos, y a su vez en misión imposible ganar a Djokovic y Federer. Quizá eso lo hace algo menos satisfactorio, o quizá después de 19 Grand Slams, aunque quieras negarlo, ya no es lo mismo que al principio, cuando todo parecía una gesta.
La mañana empezó a las seis, y aunque disputado, Nadal seguía más o menos su camino y cuando llegaban los momentos importantes, los puntos de los valientes, consiguió hacer los dos sets. Después, la pesadilla. Tras ver los dos primeros sets en mi portátil, subí a la televisión del salón, pero Rafa empezó a perder ante Medvedev, un ruso inexpresivo, estoico, absolutamente resiliente. Bajé de nuevo a mi cuarto, al portátil, al cobijo de la intimidad y oscuridad. Pensé en Yelena Isinbayeva y cómo se escudaba bajo una toalla o manta entre salto y salto, camino al oro o al récord mundial.
Recuerdo el quinto set como en las novelas de Dostoyevski, como una especie de sueño febril. Ganó Rafa, el alivio, las voces del padre de Australia anunciándolo y el intercambio de mensajes con Klinsmann.

El fin de semana también acabé Ask the dust, de John Fante. Lo empecé antes de toda la actividad de junio, así que cuando llegué aquí lo volví a empezar. Los primeros capítulos son excelentes, la manera de escribir la vida de Bandini en Los Ángeles incluso me provocaba envidia. Confieso que luego tuve cierto desengaño tras un giro importante de la historia, pero el final me pareció brillante.
Voy a leer al viejo Dostoyevski ahora, La casa de los muertos.

Quedamos con unos conocidos españoles del compañero de trabajo de Australia. Fue entretenido, y aunque me daba pereza antes de ir, me alegré después como ya presuponía. Normalmente tienes que hacer el esfuerzo y vender esa pereza para obtener las recompensas...
He estado paseando y descubriendo nuevas partes de la ciudad, aprovechando cuando el sol sale. He cocinado paella, tortillas francesas, preparado vermús. Ya tengo mi carné de conducir australiano. Es curioso porque cuando te lo sacas, te preguntan si lo quieres tres o diez años. Me lo saqué para tres (son distintos precios) porque diez me parecía ser muy optimista en un amplio rango de sentidos, no sé por qué. He recibido mis discos de Explosions In The Sky, por lo que ahora mi tocadiscos se ha convertido en un imprescindible, así que tendré que investigar en serio para comprarlo definitivamente. Hemos visto a una amiga de Australia, hemos tomado cafés. He comprado pan y me han regalado otra barra. He comprado dos libros de Dickens en una librería de viejo con un 40% de descuento en todo, porque, tristemente, va a ser otra librería de segunda mano que cierra. Comentaba el librero que el mundo ha cambiado mucho estos últimos diez años. Muchas pantallas para distraerse, libros digitales, poco espacio en las casas para guardar libros. Alquiler muy caro, barrio no muy interesado, cierre inminente.

Voy a intentar escribir a bastante gente que tengo apuntada, así que dejo ya esta entrada. A mi lado hay una pareja que ha debido conocerse por Internet. Ciertamente, ¡el mundo ha cambiado!




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